En marzo de 2019 un grupo de conservadores estadounidenses publicó un documento en la revista First Things con el título «Frente al consenso muerto» en el que explicaban que la campaña presidencial de 2016 y la era Trump certificaban la quiebra definitiva del consenso conservador a causa de las diferencias irreconciliables en torno a la emigración, el pluralismo cultural, la familia, el género o el nacionalismo. A mediados del pasado mes de agosto, un grupo de católicos, protestantes y ortodoxos escribieron una carta abierta, publicada en Commonweal, con este título: «Contra el nuevo nacionalismo. Una llamada a nuestros compañeros cristianos».

No es la primera vez que en situaciones históricas graves florecen movimientos identitarios dispuestos a erigir un nuevo orden social en torno a la fe cristiana. De manera paradójica esos movimientos han buscado refugio en líderes, partidos y grupos partidarios del nacionalismo. No importa cuál sea la naturaleza última de la identidad cristiana, ni tan siquiera cuál sea el grado de adhesión que los adalides del nacionalismo mantienen con la fe cristiana. De eso ya se ocupan los cardenales reclutados. Lo importante es que lo que unos y otros conciben como identidad cristiana sea funcional al orden.

Olvidan los promotores de esta causa que, en clave cristiana, los vínculos nacionales no pueden construirse sobre la exclusión, que el cristianismo no es reductible a una etnia o grupo nacional, que la Iglesia católica es transcultural, no posee fronteras y habla todas las lenguas, que la violencia contra los marginados y los excluidos, los extranjeros y los pobres es violencia contra el cuerpo de Cristo, que allí donde el nacionalismo atiza el miedo contra los extranjeros la Iglesia les da la bienvenida como expresión de bienaventuranza, y que cuando los cristianos dejan de ser mayoría, no deberían poner sus esperanzas en la ocupación del poder. «La Iglesia permanece como Iglesia incluso cuando es minoría, incluso cuando es incapaz de influir en el Gobierno o cuando hace frente a la persecución».

A las puertas de una nueva campaña electoral y ante los atronadores silencios que proferimos como Iglesia, la carta publicada en Commonweal quizás nos ayudara a despertar del sueño en el que andamos sumidos.

Mª Teresa Compte