«Arrupe miraba al mundo con confianza, no una confianza que le viniera de sí mismo, sino que le venía de sentirse parte activa de la mirada amorosa y comprometida de Dios que en Jesús se hace un “sí” total a la humanidad y a la vida»

Hoy se cumplen 25 años de la muerte del padre Pedro Arrupe (1907-1991). Con ese motivo me gustaría traer a la memoria algunas de sus reflexiones y experiencias que le hicieron un excepcional testigo/profeta del encuentro entre culturas y religiones. Gran necesidad tenemos hoy de personas así.

Las transformaciones socioculturales de los 60 actuaron como espoletas activadoras de todo el impresionante devenir y las circunstancias de Arrupe. Sin esos componentes difícilmente podríamos entender que un recién elegido superior general de la Compañía en 1965 –el año de la clausura del Concilio– hablase de la cultura diciendo que es «ciencia y arte, amor y acción, técnica y vida política; es también adoración y plegaria, infinita aspiración religiosa y religión determinada». Esta compresión sinfónica e integradora pone como primera tarea de toda cultura «reunificar al hombre reintegrando su saber», porque la fragmentación acaba generando un inmenso vacío espiritual que ni el progreso técnico ni el bienestar material pueden colmar. Me resuenan las palabras de Ortega al caracterizar la cultura como «lo que salva del naufragio vital, lo que permite al hombre vivir sin que su vida sea tragedia sin sentido o radical envilecimiento». Ambos ayudan a no dejarse embaucar por las toneladas de nihilismo, cansancio y superficialidad que hoy se reparten gratis y por doquier.

Así, el Evangelio solo es camino de vida si se encarna en una cultura, y siendo radicalmente cultural, también es transcultural. Y remataba con que una cultura que se encierra en sí misma se empobrece, se anquilosa y muere.

Todas estas consideraciones no las sacaba el jesuita bilbaíno del estudio, formaban parte del hondón de su experiencia vital. De hecho, no hubieran sido posibles sin su apasionante aventura existencial; sobre todo, sin sus veintisiete años en Japón y sin la espiritualidad de los ejercicios espirituales de otro gran vasco nacido en Loyola.

Arrupe entró en la Compañía de Jesús a los 19 años, interrumpiendo la carrera de Medicina que estudiaba en Madrid. El fogonazo vocacional lo sintió en Lourdes: «Sentí a Dios tan cerca en sus milagros que me arrastró violentamente detrás de sí». Su formación fue movidísima: la disolución de la Compañía en España, en 1932, le condujo a Bélgica y Holanda con los jesuitas alemanes desterrados también ellos de su país, y luego a Estados Unidos, donde terminaría su formación. Tanto movimiento no fue en balde: adquirió conocimiento de idiomas y, sobre todo, apertura a perspectivas y sensibilidades distintas, más amplias y variadas que las de sus propios orígenes. El 15 de octubre de 1938 desembarca en la bahía de Yokohama, llevando dentro del alma el deseo de convertir a los 98 millones de la nación más culta, materialista y poderosa del Extremo Oriente. Se había preparado bien en teología moral (su vocación a la medicina tendría en esto que ver), pero al final no enriqueció la tradición de teólogos moralistas de la Compañía. Perdimos un moralista y ganamos un profeta.

Durante casi tres décadas, Japón fue para él escenario de su actividad apostólica y a la vez palestra de entrenamiento –difícilmente podría haber tenido otra más apropiada– para su futura misión como general de la Compañía. En Hiroshima vivió la explosión de la bomba atómica y antes había tenido que atravesar la durísima prueba de encontrarse en una cultura tan distinta de las que había conocido, y sumergirse en ella hasta el fondo, aprendiendo una lengua extraña y dificilísima («De la mañana a la noche, japonés y más japonés»), asimilando unas costumbres y, sobre todo, una mentalidad y sensibilidad que nunca se había imaginado y que en un primer momento lo dejaron desconcertado.

Fue una gran experiencia de «inculturación», es decir, de la encarnación de la vida personal y el mensaje cristianos en un área cultural concreta, de tal manera que esa experiencia no sólo llegue a expresarse con los elementos propios de la cultura en cuestión (lo que no sería más que una superficial adaptación), sino que se convierta en el principio inspirador normativo y unificador que transforme y recree esa cultura, originando algo así como una «nueva creación».

Arrupe sabía que la clave era siempre la «inculturación personal interior» y ponía en el centro a la persona: la persona de Jesús, el Hijo enviado desde el diálogo de amor en la comunidad de personas que es Dios, para hacer redención de un mundo en tanta diversidad y tanta dificultad (el misterio de la encarnación). Y las personas de carne y hueso que entramos en diálogos de culturas o religiones y las únicas que podemos cambiar las estructuras injustas y generar solidaridad. De ahí su clamor por la «educación para la justicia» en las universidades y los colegios jesuitas; aquello que quedó inmortalizado en la frase «hombres y mujeres para los demás».

La necesidad de la inculturación es universal. No es sólo para los países que se llamaban de misión. Se aplica a todos, y quizá más a los que creen no tener esa necesidad. Los conceptos «misiones», «Tercer mundo», «Oriente/Occidente», etc. son relativos y debemos trascenderlos considerando todo el mundo como una única familia a cuyos miembros afectan los distintos problemas. Cuando a MacLuhan aún ni se le había pasado por la cabeza la expresión «aldea global», Arrupe hablaba ya del «caserío planetario» del mundo en tanta diversidad y dificultad. La verdad es que toda la experiencia vivida y el discernimiento que hacía de los procesos le convirtieron en un ciudadano del mundo y un icono de la globalización muchos años antes de que esta estuviera en acto gracias a la revolución de las TIC.

Arrupe miraba al mundo con confianza, no una confianza que le viniera de sí mismo, sino que le venía de sentirse parte activa de la mirada amorosa y comprometida de Dios que en Jesús se hace un «sí» total a la humanidad y a la vida. Sus frases habituales eran del estilo de «todo ser humano lleva en su misma esencia algo de bueno que debemos conducir a Dios»; «teniendo confianza mutua se consigue todo»; «podemos contribuir a que la parte luminosa aumente en el mundo».

Nunca encontramos en él una actitud de huida ante los problemas del mundo o de queja paralizante ante la realidad hiriente que él conoció de cerca. Ni la del mundo ni la de la Iglesia, que también le hizo sufrir. La suya era un actitud de «optimismo realista, lleno de confianza en el Espíritu», como dijo el P. Kolvenbach: no la del optimismo ingenuo que algunos le han adjudicado, sino la de la esperanza cristiana que se sustenta en la misericordia divina y nos envía en misión.

Julio L. Martínez SJ/ABC La Tercera
Rector de la Universidad Pontificia de Comillas ICAI-ICADE