Apenas cuatro de cada 100 abusos sexuales en España fueron cometidos por sacerdotes, según los últimos datos, de 1994. La primera reacción instintiva de algunos podría ser preguntarse por qué estos casos reciben una atención mediática desproporcionadamente centrada en el clero. La triste realidad es que la respuesta de la Iglesia en ocasiones ha sido cualquier cosa menos ejemplar, además de contraproducente. Intentar tapar estos hechos es, o ha sido, la tónica habitual en todo tipo de instituciones, pero a la Iglesia es comprensible que se la exija estar a la altura de lo que predica, y cada intento fallido de ocultar un escándalo termina provocando un escándalo de proporciones mucho mayores. Y lo que es mucho peor: un daño enorme a las víctimas, sometidas a una segunda humillación. Esto solo puede remediarlo una atención esmerada a las víctimas y la aplicación de las mejores prácticas de prevención, como reverso a las políticas de tolerancia cero con los abusadores. Otros episcopados han puesto en marcha en los últimos años iniciativas de las que bien podríamos aprender en España.

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