No sé si desde cierto punto de vista la acampada de Sol puede incluirse como última ola de la moda cristiana, pues fue Francisco de Asís quien comenzó la crisis de la concepción tradicional de la propiedad.
Il Poverello de Asís quiso deshacerse de su pasado con la virtud de la pobreza. Cada cual debía vivir sirviéndose tan solo de lo que necesitaba, sin adueñarse de ello y, sobre todo, sin acumular nada.
Desarrollaron su pensamiento los franciscanos Escoto y Ockham. Interpretaron que la propiedad no pertenecía a la situación original del hombre; antes del pecado original, todas las cosas eran comunes. Los individuos separados unos de otros debían usar lo suficiente para subsistir sin tener nada para sí. Al mismo tiempo, donde lo originario era la cosa común, el pecado tendía a comprenderse como apropiación: la injusticia se desencadenó cuando los hombres comenzaron a desear por encima de sus necesidades y, al acumular pertenencias, se puso en peligro la subsistencia de los demás.
De ese modo, la propiedad debía concebirse únicamente como la protección artificial de la necesidad de uso de cada uno ante los ávidos de posesiones. Así, de forma inevitable, la propiedad tendía a verse como la máscara del pecado.
La misma constitución de la orden franciscana se las tuvo que ver con el papado en busca de un uso sin dominio de los conventos franciscanos. Gregorio IX les protegió. Pero con el tiempo se vieron a asumir las propiedades de los lugares que habitaban, como si vivir en el mundo fuera indisociable de cierta forma de propiedad.
Por ello, sectores más radicales surgían de entre las entrañas de la orden. Diversos grupos de Fraticelli disidentes se escindían en busca de la pobreza absoluta. El misticismo milenarista de Joaquín de Fiore se mezcló con sus ideas y se volvieron apocalípticos: debían esperar la llegada del paraíso comunista que se había perdido con el pecado. Donde el mal originario había consistido en la apropiación, la salvación debía por fuerza consistir en la pobreza; esto es, en la abolición de la propiedad privada. Dios salvaba, sí, claro; pero su reino debía visibilizarse como el despojamiento de los hombres. El reino definitivo de Dios sobre la tierra debía consistir en una relación nueva entre nosotros, liberada de las malas hierbas de la propiedad. Con ello estaban ya sentadas las bases de la religión materialista.
Bulas y concilios caían como hachas sobre estas ramificaciones del franciscanismo más radical que no dejaban de brotar. Juan XXII declaró herética la tesis de la pobreza absoluta de Cristo. Había algo muy hondo en esta aspiración que arañaba los sentimientos de injusticia que anidan en el alma. El deseo de salvación y de pureza, el hartazgo de una historia de pecado e injusticia y el cansancio cotidiano de los más pobres parecían encontrar aquí su revés. Estos fueron solo los primeros y más externos resultados de la profunda revolución que se había operado. Los franciscanos, incansables predicadores, recorrían Europa y sembraban sus enseñanzas entre los más humildes. Paulatinamente en todo el viejo continente germinó la sospecha del pobre contra el rico.
Las revueltas comenzaron a sucederse. En 1381 el inglés John Ball empujaba a las multitudes de campesinos contra los grandes propietarios: «Cuando Adán cavaba y Eva hilaba, ¿quién era el señor?». Nadie señoreaba las tierras del paraíso. Con el tiempo, este nadie terminará por devorar el señorío terrenal del mismo Dios y convertirlo en opio. Pero todavía la crítica a los señores y a la propiedad se maridará con las primeras vendimias de los reformadores más radicales. Wyclif, Hus, Müntzer, Matthys, van Leyden.
En Inglaterra, los diggers quisieron coger las riendas de la revolución inglesa del siglo XVII hasta que fueron derrotados en el campo de batalla; pero sus ideas permanecieron. Harrington llamaba a la calma: sin un mínimo de propiedad las masas serían esclavas de las circunstancias. Su intuición resultó profética. El comunismo vino a ser la otra cara de la moneda del capitalismo más atroz. Poco a poco, los hombres dejarán de ser campesinos para ser obreros en las ciudades, sin más propiedad que la fuerza de su trabajo, sin que su trabajo les permita —como pretendía Locke— adquirir ninguna propiedad. El marxismo posterior no hará casi nada más que aprovechar la ola.
Al final el capitalismo y el socialismo coinciden en su propuesta radical: un mundo donde la propiedad no sea de nadie, sino que esté concentrada en un ente abstracto; Estado o Capital, qué más da. ¿Los alquileres perpetuos no ponen las bases para que el gran capital se haga con todas las viviendas? Quizá la verdadera revolución pase porque los cristianos empecemos la casa por los cimientos y volvamos a creer en la propiedad.