Esta mañana me tocó improvisar. No lo esperaba, pero, por cuestiones del directo, la acción de gracias prevista pasó a acompañar otro momento de la celebración. Como no lo llevaba escrito, quiero aprovechar este espacio para plasmar con palabras eternas esas ideas que me surgieron repasando tu vida sacerdotal. Nuestra vida contigo.
Decías hoy que te sentías «observado» antes de arrancar la homilía. Efectivamente, te observamos. Lo llevamos haciendo desde hace 25 años —algunas desde hace más de 30—, cuando diste tu sí al Señor definitivo y le pediste que su gracia te bastase.
Te miramos porque eres nuestro instrumento para conocer a Dios, porque eres alter Christus; gracias a tu tesón y tu celo hoy nos hemos juntado rostros conocidos desde que éramos niños; aquí seguimos. Te reconocemos en el buen pastor, ese que no deja que su rebaño se descarríe; ese que, como decía el Papa Francisco, «huele a oveja». Te agradecemos que hayas hecho de cada parroquia por la que has pasado, en Alcorcón, en Valdemoro, en Fuenlabrada, en Brasil, un hogar de puertas abiertas donde encontrar un Padre y un padre, esa casa a la que sabes que siempre puedes volver. Te admiramos porque, antes de que se hablase de sinodalidad, tú ya eras sínodo: diste su papel a los laicos, fomentaste la corresponsabilidad, luchaste por agrandar la familia con los diversos carismas que pueblan la Iglesia, te empeñaste en que pusiéramos los talentos al servicio de un bien común. Te damos gracias por tu entrega, siempre alerta; el amor no cansa, no se cansa ni descansa.
Gracias, de manera personal, porque tú me precedes. Si ahora puedo hablar con la libertad y el convencimiento de que Dios está vivo y cambia la vida desde el amplio púlpito que es mi trabajo, te lo debo a ti. Que un día, hace más de una treintena de años, escribiste mi nombre en aquella libreta plagada de nombres para rezar por mí. Que te empeñaste en que aquella niña con rizos irredenta permaneciese. Unidos en Cristo. Aunque de vez en cuando te sacara de quicio y arrastrases la silla para separarme de mi amiga por no dejar de hablar en catequesis. Que te entregaste para que un grupo de chavales entendiéramos que, la vida sin Dios, era una vida árida y estéril.
Gracias, Alberto, por estos 25 años de vida en abundancia. La parroquia hoy, abarrotada de emoción y caras sempiternas, ha sido ejemplo vivo de que, como ese cura sencillo que siempre me dices que quieres ser, ha dado, da y dará fruto.
«Al final del camino me dirán: —¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres», decía un sacerdote, también enamorado de Brasil. Tú, cuando abras tu corazón, estará lleno de nombres. Esos que cada noche yo también leo en mi libreta desde hace más de 25 años. Eso que tú me enseñaste a hacer. Esa vida en abundancia.
Te quiero, padrino.
Su fuerza lleva 25 años realizándose en tu debilidad.