Cuando tu clic puede incendiar el odio religioso - Alfa y Omega

Tirar una cerilla encendida en un monte seco puede provocar un incendio. Si a ella se suman otras cerillas lanzadas a voleo en la misma zona, se ocasiona un incendio incontrolado. Algo semejante sucede en las redes sociales. Un usuario crea un contenido simple de incitación al odio, por ejemplo, hacia un determinado colectivo y, rápidamente, a través de un simple clic, numerosas personas lo diseminan, muchas veces sin reflexionar sobre las consecuencias que están ocasionando.

En el ecosistema digital, reenviar, compartir o retuitear puede incendiar cualquier tipo de odio, también el religioso. Con un solo clic, una persona comparte un contenido, aunque no implique necesariamente respaldarlo. En ocasiones se hace por indignación, por curiosidad, movidos por una emoción o por sorpresa. Esta realidad puede ser preocupante y relevante cuando se habla de polarización y de discursos del odio, también religioso. Incluso, se puede pensar que son responsabilidad exclusiva de grupos radicalizados. Limitar el problema a grupos agresivos impide comprender cómo se alimenta la confrontación social.

Los contenidos de las redes se viralizan por los clics que los diseminan. Por ejemplo, cualquier comentario discriminatorio religioso podría pasar desapercibido si no fuera porque miles de usuarios deciden diseminarlo entre sus contactos que, a su vez, lo comparten. Puede ser que ninguno de esos perfiles se considere promotor de odio, pero el resultado final multiplica la visibilidad del mensaje y se provoca el incendio en las redes.

Entre otros, el proyecto HatemediaReligion, llevado a cabo por investigadores de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y financiado por la Fundación Pluralismo y Convivencia, ha estudiado el discurso de odio religioso en los comentarios a las noticias de los medios de comunicación españoles. El estudio analiza cómo se promueve y se refuerza el rechazo, la estigmatización o la discriminación de grupos o personas por razón de sus creencias religiosas. Como resultado relevante, esta investigación pone de manifiesto que en pocas ocasiones aparecen amenazas explícitas, sino que este odio religioso se presenta mediante estereotipos, desinformación o como amenaza social. Son mensajes sesgados que refuerzan prejuicios y, al ser compartidos, se van cargando de contenido que consolida percepciones negativas sobre los colectivos o comunidades creyentes.

La cultura de la inmediatez, de la reacción fácil mediante el clic, provoca la falta de reflexión. Se comparte antes de verificar. Nos mueve una emoción. Un mensaje simple cala más que una explicación contextualizada y más compleja. El reto no es identificar el origen del discurso del odio, sino entender el mecanismo que lo disemina en una sociedad hiperconectada y con una participación digital sin reflexión. 

La buena noticia es que podemos ser conscientes de esto. Antes de culpabilizar a los usuarios de las redes sociales, animo a incorporar pequeños hábitos de reflexión para comprobar el origen de ese mensaje que nos llama la atención, cuál es la fuente, leer más allá del titular y analizar si ese contenido busca informar o pretende provocar una reacción emocional más que informativa. Porque sí somos capaces de tomar decisiones responsables para apagar el connato de incendio; sencillamente con no hacer clic.

Otro resultado significativo del proyecto HatemediaReligion es que las redes no amplifican solo los mensajes más agresivos, sino que se produce el fenómeno denominado fatiga por indignación, es decir, que no amplificamos según nuestras creencias, sino que la exposición a tantos mensajes de odio hace que reaccionemos de forma inmediata, con un clic. Esto se observó en el citado estudio, con independencia de la orientación política del medio analizado, de derecha, de centro o de izquierda.

Casualmente, el odio religioso provoca emociones intensas, precisamente porque afecta a valores y creencias personales y profundas que provocan emociones, y lleva a compartir ese mensaje, bien para indignarse bien para reafirmarse. Es una de las conclusiones significativas del proyecto de investigación: que el odio religioso no genera un gran debate, sino que se amplifica de forma silenciosa y se propaga masivamente entre grupos que comparten las mismas creencias. Los investigadores señalan que el odio religioso es como un eco en una sala, que ocupa todo el espacio que encuentra y no depende del volumen inicial. Es un fenómeno que se conoce como cámaras de eco: al tocar fibras sensibles, de valores íntimos, la persona que reacciona e interactúa con el mensaje no busca la discusión, sino más bien reafirmarse con su comunidad.

La reflexión también nos lleva a cortar la cadena de viralidad, incluso cuando es para criticar o manifestar el desacuerdo con el comentario de incitación al odio religioso, porque el algoritmo funciona con su propia lógica y detecta la actividad, la interacción y cada vez que compartimos un mensaje contribuimos a aumentar su alcance, independientemente de que lo hagamos para apoyarlo o para criticarlo.

No obstante, lo interesante es desarrollar el pensamiento crítico y ser conscientes de la manipulación que provoca la desinformación, por lo que es imprescindible verificar antes de compartir.