La torre de Limoges y el colapso de Europa - Alfa y Omega

La torre de Limoges y el colapso de Europa

Esta imagen del Ayuntamiento de Limoges con su torre colapsando envuelta en llamas en medio de la espiral de violencia en la misma Francia que salió a la calle para recibir al Papa parece decir que no es solo un edificio el que se desmorona

Sandra Várez
Ayuntamiento de Limoges ardiendo durante unas protestas en Francia
Foto: AFP / Pascal Lachenaud.

Hay imágenes que son símbolos, que expresan más de lo que muestran. Y esta del Ayuntamiento de Limoges con su torre colapsando envuelta en llamas parece decir que no es solo un edificio el que se desmorona. Desde hace semanas, Europa observa atónita cómo Francia se incendia. La misma que salía a las calles para recibir al Papa en una ola de esperanza trata de contener su espiral de violencia, con la sensación de que no hay nadie al volante y los frenos se han roto. Desde París a Marsella, pasando por Lyon o Burdeos, la dimensión de los disturbios ha llevado a pensar en la Francia que hace siglos tomó la Bastilla, guillotinó a sus reyes e hizo caer violentamente un régimen. El pasado fin de semana, dejó 2.400 detenidos, un millar de policías heridos, 2.000 comercios asaltados y un paisaje desolador de infraestructuras pasto del fuego. «Es un monumento el que se quema, no la República», se esforzaba en decir el alcalde de Limoges, mientras el emblema de la localidad se desplomaba ante el estupor de una nación.

Con la debida distancia frente a la Francia de hace dos siglos, el politólogo Jérôme Fourquet habla también de hoy como el final de una etapa. En el origen de la protesta está el hastío de una generación que ve cómo los servicios públicos se deterioran, la vivienda se encarece, el trabajo es más precario y hay menor poder adquisitivo. Ante la impotencia de las Administraciones, se sitúan los extremos: quienes dicen que la dimensión de la rebeldía está justificada por la falta de respuestas y por la represión policial; y quienes consideran que el país hace tiempo que perdió su identidad y autoridad y camina a la deriva. Ciertamente, Francia se encuentra en una crisis social, política y económica generada, en parte, por su deuda. Pero la ira revolucionaria, que algunos sitúan en el ADN francés, no es ni pedagógica ni constructiva. Ya lo decía el sociólogo Raymond Aron: a Francia le sobran revoluciones y le faltan reformas.

Sin embargo, la protesta no se circunscribe al país vecino. Se ha trasladado con más o menos virulencia a otras ciudades de Europa: Milán, Lisboa, Madrid… Aunque los motivos son diversos, los protagonistas suelen ser jóvenes a los que unen las mismas inquietudes: la falta de expectativas y la desconfianza institucional. Después de unos años de euforia económica y letargo social, las grietas empiezan a abrirse dejando a la intemperie un modelo y unos liderazgos incapaces de dar respuestas en conjunto. Lo dijo muy bien el Papa en Metz: uno de los valores de Europa fue su capacidad de sacrificar algunas posiciones por el bien superior. Hace 70 años fue la paz. Hoy, el futuro de las democracias, que amenazan con colapsar como ese bello edificio de Limoges.