Homicidio prenatal - Alfa y Omega

Según sostienen, en un reciente artículo, dos profesores de bioética, las mismas razones por las que la ley permite abortar debieran considerarse válidas para permitir dar muerte al recién nacido. De ahí que, según los aludidos bioeticistas, al infanticidio debiera dársele la consideración y el nombre de aborto postnatal. Para ellos, ni el feto ni el recién nacido son persona, ni pueden hacer valer derecho alguno a la vida frente al interés de aquellas —ésas sí— personas para las que la nueva vida resulte una carga insoportable.

Lo que está en juego, pues, en último término, es el concepto y la dignidad de persona. De acuerdo con la definición que esos profesores ponen, no se es persona por revestir la condición específica de ser humano, sino por la posesión efectiva de una serie de propiedades que ellos indican y que pueden estar ausentes, por cierto, incluso en adultos.

Tenga usted cuidado, señor profesor definidor, y no sea muy riguroso en las cualidades que exija en un ser humano para aceptarlo como persona, no sea que dentro de poco usted mismo deje de tenerlas y quede a merced de personas en plenitud que podrán decidir si su vida, la de usted, ha pasado ya a ser una vida que no merece ser vivida (por emplear otra escalofriante expresión de la nazi jerga eugenésico-eutanásica).

Lo cierto es que, o se afirma la persona humana, su vida y su dignidad, como un valor literalmente absoluto, desde el primer momento de la concepción, o la dejamos a merced del más fuerte en cada momento. Una vez que aceptamos en un solo caso que el fuerte puede lícitamente eliminar al débil que le estorba, ¿qué razón damos para no admitirlo en otros?

Por otra parte, hay exigencias morales cuyo cumplimiento, dicho sea aun para quien no acepte moral alguna, es en todo caso condición de posibilidad de la existencia misma de una comunidad humana. Y, si hay una exigencia en que así ocurre, es sin duda alguna la de que no nos matemos los unos a los otros; o, en términos de kantianas resonancias, que nos prohibamos de modo absoluto utilizar mutuamente nuestras personas, la propia y las de los demás, como meros instrumentos que pudiéramos consumir, destruir. O, en positivo: que nos guardemos un mutuo absoluto respeto a nuestro valor absoluto como personas.

«A cada ser humano, desde la concepción hasta la muerte natural, se le debe reconocer la dignidad de persona»: ante esta absoluta afirmación de la Iglesia, no diremos: Ésta es nuestra fe», sino: Ésta es nuestra convicción racional. Y desde ella diremos, con rigurosa lógica, que todo aborto, cualquiera sea el momento de la fase prenatal de la existencia humana, personal, en que se perpetre, es un personicidio, un homicidio prenatal.