Oración, no estrategias - Alfa y Omega

Si la nueva evangelización necesita referentes, ¿qué mejor que analizar las claves del éxito de la predicación de los apóstoles? De ello habló, en la audiencia de la pasada semana, Benedicto XVI. En los momentos de dificultad —dijo—, «la primera comunidad cristiana no trata de hacer un análisis sobre cómo reaccionar, encontrar estrategias, cómo defenderse, qué medidas adoptar, sino que ante la prueba se dedica a orar, se pone en contacto con Dios. Y ¿qué característica tiene esta oración? Se trata de una oración unánime y concorde de toda la comunidad, que afronta una situación de persecución a causa de Jesús».

Prosigue el Papa: «Frente a las persecuciones sufridas a causa de Jesús, la comunidad no sólo no se atemoriza y no se divide, sino que se mantiene profundamente unida en la oración, como una sola persona, para invocar al Señor. Éste, diría, es el primer prodigio que se realiza cuando los creyentes son puestos a prueba a causa de su fe: la unidad se consolida, en vez de romperse, porque está sostenida por una oración inquebrantable».

Las persecuciones, pero también todo lo demás, «es leído a la luz de Cristo», porque «esta primera comunidad no es una simple asociación, sino una comunidad que vive en Cristo; por lo tanto, lo que le sucede forma parte del designio de Dios». Y, «en la oración, la meditación sobre la Sagrada Escritura a la luz del misterio de Cristo ayuda a leer la realidad presente dentro de la historia de salvación que Dios realiza en el mundo, siempre a su modo. Precisamente por esto, la primera comunidad cristiana de Jerusalén no pide a Dios en la oración que la defienda, que le ahorre la prueba, el sufrimiento, no pide tener éxito, sino solamente poder proclamar con parresia, es decir, con franqueza, con libertad, con valentía, la Palabra de Dios».

Los primeros cristianos sabían sufrir, pero también reír. Dos mil años después, los estudios demuestran que, efectivamente, hay una relación directa entre la felicidad y la confianza en Dios. En Estados Unidos, el Instituto Gallup afirma, tras llevar a cabo más de 300 mil entrevistas, que aquellos que más van a misa son quienes disfrutan más de la vida, tienen actitudes más positivas. A conclusión muy similar llega Robert D. Putnam, de la Universidad de Harvard, en un estudio publicado en la American Sociological Review, del que informa Religión en Libertad. En este caso, aparece un interesante matiz añadido: el factor comunidad, una comunidad con los pies en la tierra, y la mirada en el cielo: es el sentido de pertenencia a un comunidad religiosa lo que marca la diferencia.

Pero puede brotar comunidad donde antes sólo había individuos… Desde la base de Herat, en Afganistán, llega a este semanario el testimonio gráfico que ilustra esta página, de cómo vivieron el Viernes Santo soldados españoles e italianos.

A menudo surge comunidad donde había personas de mundos muy distintos. Ionica Stroea, empleada del hogar de nacionalidad rumana, cuenta su conversión al catolicismo en la revista Alcor, de la Milicia de la Virgen Inmaculada. Empezó a trabajar en la vivienda de una familia con fe. En particular, «la señora, sin darse cuenta, se ha dedicado a darme una verdadera catequesis durante estos nueve años que llevo trabajando allí». Le habló mucho de santa Teresa, y le hizo «sentir fascinación por el catolicismo». El proceso se precipitó cuando el hijo de Ionica participó en un campamento de la Milicia, y comenzó a echar raíces. «Creció en mí —escribe ella— el deseo de hacer oficial lo que ya era una realidad en el corazón: Quiero ser católica».

No termina ahí el testimonio. Su hijo Valentín Stroea, estudiante de Segundo de ESO, escribe la siguiente página de la revista Alcor: él ha entrado en la Iglesia como misionero (de su madre), y misión sigue haciendo entre sus compañeros de estudios. Por ejemplo, cuenta cómo un día aborda a un compañero, camino del colegio, y le pregunta si cree en Dios. «Él no me miró raro ni nada, y hablamos con mucha naturalidad. Me dijo que, a veces, rezaba, pero que le costaba mucho». Otro día, en clase, Valentín confesó que se levanta a las 6:25 h de la mañana para ir a Misa a las 8 todos los sábados. «Todos los de clase se me quedaron mirando con cara sorprendida, y yo me sentí muy desahogado después de decirlo».