Era Madrid, pero podía haber sido Atenas, que recontaba a esa hora los votos de unas elecciones clave para el futuro de Europa. Los mercados, insaciables, se conjuraban para un nuevo golpe contra España. Caía la noche, y Bruce Springsteen se plantaba en el Santiago Bernabéu en su versión más combativa: la versión Occupy Wall Street, movimiento primo hermano del 15M, al que el Jefe ha prestado una inmejorable banda sonora con su último disco. Arrancó el concierto con el clásico Badlands, sobre las malas tierras que se alimentan de carne obrera. Bruce es duro, pero su lucha no nace de la ira. «Creo en el amor que me diste, / creo en la fe que puede salvarme, / creo en la esperanza, y rezo / para que ésta pueda un día elevarme sobre estas malas tierras». Fe, esperanza, amor… Sonaba después —¡en Madrid!— My City of ruins, preciosa plegaria por la Nueva York del 11 S. De ese disco es Into the Fire, dedicada a los bomberos que se jugaron la vida en las Torres Gemelas: «Que vuestra fe nos dé fe,/ que vuestra esperanza nos dé esperanza,/ que vuestro amor nos dé amor».
Hoy, los depredadores de carne obrera trabajan en las Bolsas. «En Estados Unidos, hemos vivido malos tiempos…», decía Bruce al público madrileño. «Aquí es peor. Mucha gente ha perdido su trabajo. Mucha gente ha perdido sus casas… Queremos dedicar esta canción a los que están luchando en España». Va por los voluntarios de Cáritas, por ejemplo. Con algunos, se fotografió el cantante en Canarias, gesto al que añadió la donación a esta organización de parte de la recaudación de su concierto en Barcelona. También iba por Nacho la actuación. Bruce les dedicó a él y a su familia The River. El joven de 20 años, enfermo de cáncer, no pudo ver cumplida su ilusión de aguantar hasta el concierto. «Están en nuestras plegarias», aseguró el cantante. Otra vez más se le saltaron las lágrimas al público. Al recordar Bruce a Danny Federici, el teclista de la banda, fallecido en 2008, y al saxofonista, Clarence Clemons, de quien —ya era lunes— se cumplía el primer aniversario.
Patti Scialfa, la mujer del Jefe, no le acompañó en el escenario. «Está con los niños», explicó. Bruce habla con el público de padre a padre… O de padre a abuelo, que más de uno había… Y había jóvenes, muchos; e incluso niños. Sonó Watiting on a Sunny Day, y como es ya norma, el Jefe cedió el micrófono a un chaval de 8 ó 9 años.
Fueron cuatro horas del mayor espectáculo del mundo. A sus 62 años, Bruce se entrega sin reserva. La angustia por Grecia y un posible colapso mundial en cadena, de repente, se había esfumado. También en un concierto de rock es posible una fuerte experiencia de comunión. Y donde hay comunión, no hay miedo.