Un año más, y ya son cinco, la Asociación Católica de Propagandistas ha celebrado en Covadonga un curso de verano, sobre Raíces cristianas de Europa. Se trata de una iniciativa que comenzó bajo el auspicio de monseñor Carlos Osoro, y que continúa el actual arzobispo de Oviedo, monseñor Jesús Sanz.
En esta ocasión, la cita congregó, entre otros, a ponentes de la talla del obispo de Lugo, monseñor Alfonso Carrasco, que disertó sobre las raíces cristianas de Europa y la nueva evangelización; don Juan Caamaño, experto en el Camino de Santiago, que relacionó este importante foco de peregrinación con la construcción de Europa; o el profesor Agustín Domingo Moratalla, que habló sobre el horizonte político de la nueva evangelización.
En este curso, tuvo lugar también la conferencia del profesor de Filosofía del Derecho, de la Universidad Juan Carlos I, don Andrés Ollero, que versó sobre La laicidad y la ley natural. La laicidad, para el profesor Ollero, no es un concepto negativo, sino positivo, que contrasta con la negatividad del laicismo imperante, que quiere relegar la religión y la fe personal al ámbito privado. Tomando como base el discurso del Papa Benedicto XVI ante el Parlamento alemán, donde el Pontífice abordó el problema de los fundamentos del Estado de Derecho, el profesor recordó la importancia de que éstos se sustenten en la ley natural, para que verdaderamente apueste por la persona y por la vida. «El propio Papa —explicó el profesor Ollero—, sin embargo, afirma que somos los propios cristianos los que nos avergonzamos del significado de la ley natural, que es nuestra seña de identidad. Creemos que, defendiéndola, estamos imponiendo nuestros criterios, cuando la obligación de la Iglesia, experta en humanidad, es defender y transmitir aquello en lo que cree y es bueno».
El derecho natural es un concepto, efectivamente, con una injusta mala fama, y cuya defensa como gestor de la justicia y de las normas sociales se ha convertido casi en una utopía. Pero, para don Andrés Ollero, esta utopía «conviene asumirla. Vale la pena, porque del hecho de que se respete la naturaleza humana dependerá el que tengamos una convivencia que merezca llamarse humana. No puede avergonzarnos el usar este término. Hay que hacerlo, usando un tono que no tenga nada de radical, sino razonable».
El profesor reflexionó sobre los llamados derechos humanos de segunda y tercera generación, es decir, aquellos que suponen una reivindicación de ciertos sectores de la población, pero que no están reconocidos como tales. «Hay que diferenciar entre un derecho y una pretensión —señaló el profesor Ollero—. Cuando se debatía sobre el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, yo preguntaba: ¿Qué es tener derecho a algo?; y me contestaron: Tener derecho a algo es tener una pretensión, y conseguir el consenso social para ello. Esta definición está muy extendida en la sociedad. Es curioso observar cómo la izquierda ha pasado del colectivismo propio del marxismo, al individualismo».