Es un tópico, donde no parece que se use mucho la razón, eso de que el final de las vacaciones —para quienes han podido tenerlas, claro— es volver a la dura realidad, como si el tiempo vacacional, supuestamente gozoso, no fuera real y lo que, por otra parte, se cree real tuviera que ser necesariamente duro, en el sentido más negativo del término. Y siguiendo el tópico, habría que decir que la temible dureza, este año de la crisis que se agudiza más y más a velocidad de vértigo, ya no va a poder soportarse. La alegría, que todo ser humano anhela en lo más hondo de su corazón, no pertenece, en este supuesto, a la realidad, es pura ilusión, y eso de que la ilusión se cumple no deja de ser un sarcasmo.
Frente al tópico, está la verdad, ¡que nos hace libres! Para quien vive en ella, se vaya de vacaciones o no pueda irse, la realidad no desaparece en ningún momento, y ella, por dura que pueda parecernos, es siempre ocasión de bien, porque la realidad no es otra que Cristo, ¿o acaso las cosas, hasta las más insignificantes, pueden subsistir sin Él? ¿O acaso hay otra fuente de esperanza verdadera, para este mundo en crisis, que la fe, que esa nueva evangelización a la que no deja de convocarnos el Papa, y hoy de modo especial con la celebración del Año de la fe, como el más genuino fruto del Concilio Vaticano II, del que vamos a conmemorar su 50 aniversario? En su Carta de convocatoria, Porta fidei, Benedicto XVI nos lo ha propuesto con su habitual claridad y hondura: «Hoy es necesario un compromiso más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe». ¡Alegría y entusiasmo! Exactamente lo que anhela todo corazón humano y que nada ni nadie fuera de Cristo puede darnos. Esta verdad elemental, que pone en evidencia la profunda racionalidad de la fe, es lo que siempre ha proclamado la Iglesia, y es lo que ha hecho de modo extraordinario el Concilio Vaticano II.
Con la verdad por delante, no con falsas ilusiones, la vuelta de vacaciones no sólo no nos conduce a la tristeza y hasta la desesperación, especialmente a los que más están sufriendo la crisis, sino que la alegría y el entusiasmo, para quien no tiene separada la fe de la vida, siguen intactos, y desde nuestras páginas de Alfa y Omega no vamos a dejar de transmitir. En la citada Carta de convocatoria del Año de la fe, el Papa se suma a los sentimientos de su predecesor acerca del Vaticano II, que al concluir el Jubileo del año 2000, en su Carta Novo millennio ineunte, afirmaba: «¡Cuánta riqueza en las orientaciones que nos dio el Concilio Vaticano II!». Y Benedicto XVI retoma las palabras que Juan Pablo II decía a continuación: «A medida que pasan los años, aquellos textos no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la tradición de la Iglesia… Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Es la brújula de la fe, ciertamente, la única hoja de ruta capaz de llevar a los hombres la única verdadera esperanza.
Terriblemente perseguida en los tres primeros siglos de su historia y que, no obstante, no sólo sobrevivió, sino que hizo florecer a la sociedad entera, cuando el Imperio romano se desmoronaba, la fe cristiana permanecía viva, y de modo bien significativo en aquellos monjes que se reunían para orar y trabajar: «Ninguno de ellos protestaba —nos ha dejado descrito el Beato cardenal John Henry Newman— y, poco a poco, los bosques pantanosos se fueron convirtiendo en ermita, casa religiosa, granja, abadía, pueblo, seminario, escuela y, por último, en ciudad». ¿Acaso hay otro camino para salir de la crisis que el de la fe de siempre, vivida hoy con renovada alegría y entusiasmo? ¿No se dice, por unos y otros, que la crisis no es sólo económica, sino más honda, moral, de valores, etc.? Mientras no se la llame por su nombre: crisis de fe, difícilmente puede superarse. Pero la fe, claro que sí, sigue viva. Ahí está el testimonio, y la esperanza, que todos hemos podido ver en la JMJ Madrid 2011. Las cosas de la Iglesia, desde luego, no son algo de gente rara, ¡y menos aún algo alejado de la vida real! Son la auténtica ¡realidad!, la única esperanza verdadera de los hombres. ¿No lo avalan ya más de dos milenios?