No parece que la sabiduría del viejo refranero español Año Nuevo, vida nueva tenga demasiada aplicación en la España de hoy. Sin el menor ánimo de aguar la fiesta a nadie, sino desde el más puro realismo sereno, más bien se podría decir que nuestra sociedad española actual ha comenzado el año 2013 desde la falta de reacción a la corrosiva rutina de la corrupción; o, si ustedes lo prefieren, a la corrosiva corrupción de la rutina: desde la del más joven de los hijos de Pujol que, a sus 40 añitos, ha sido capaz de acumular cientos de millones de euros, sin que nadie dé la menor explicación de ello, hasta esa especie tan original de Metro dinástico, en el que cuando muere uno de sus trabajadores los hijos y demás familiares parecen tener derecho preferencial a ocupar su puesto; y éste es sólo, al parecer, uno de los privilegios de una larga lista que los periódicos han contado estos días, acuciados por la lógica indignación de unos lectores usuarios del Metro que querían llevar a sus hijos a la Cabalgata de Reyes y se las vieron y desearon porque un 15 % de los privilegiados del Metro habían impuesto su ley y hacían huelga. Hacían y amenazan con seguir haciéndola, lo cual, lamentablemente, ha convertido el Metro de Madrid, que era un ejemplar servicio público, en otra cosa, poco ejemplar y cada vez menos servicio.
Isabel San Sebastián ha escrito, estos días, un magnífico artículo en ABC titulado Los trescientos de la infamia. En él mantiene la tesis de que España está tan acostumbrada a la corrupción –la corrosiva rutina de la corrupción–, es tan tolerante con ella, que la denomina picaresca. Seguramente habrá más de un ingenuo que crea que la picaresca fue cosa del Lazarillo de Tormes, pero el hecho de que exista gente así ayer como hoy en España no deja de ser penoso; tanto cuando se trata del nauseabundo caciquismo mafioso como el que por estas fechas cacarea en Cataluña, como cuando se trata de jueces o fiscales que creen que ellos están para hacer el Derecho. Es curiosísimo que un ministro de Defensa como el actual, del Gobierno español, haya afirmado en la Pascua Militar que el Ejército no está para hacer caso a «absurdas provocaciones» y que los provocadores se hayan sentido ofendidos y se hayan rasgado las vestiduras encima. Para semejante orgullo paleto no hay más dieta ni medicina posible que la del bolsillo: ni un euro más de los demás españoles. Es el único lenguaje que son capaces de entender. Y si no lo entienden así nuestros gobernantes, iba a decir que peor para ellos, pero no, peor para todos.
El comienzo del año 2013 puede ser una ocasión pintiparada para volver a partir de cero políticamente en esta querida España e iniciar la segunda Transición; es un buen momento, sin duda, para que el principal partido de la oposición –el diario francés Le Figaro acaba de publicar un artículo titulado El cinismo, ideología del partido socialista– deje de hacerle el caldo gordo a los separatistas totalitarios y, en vez de cooperar con ellos, coopere a resolver la situación de la nación que sigue siendo verdaderamente grave, en vez de estar mirando de reojo para ver qué puesto queda libre para ocuparlo. «El PSOE seguirá siempre con los pobres», dice Rubalcaba. ¿Qué tipo de pobres; así como Pujol y sus hijos? Es también un buen momento para que el año que viene por estas fechas Su Majestad el Rey no tenga que llamar «maximalismos rupturistas» a la deslealtad y la ingratitud; y no tenga que lamentar que «sigue pendiente la vertebración del Estado». ¿Qué hemos estado haciendo desde la Transición para que el Estado siga sin vertebrar? Las huelgas de 2012 destruyeron, como mínimo, 25.000 empleos y supusieron, como mínimo, 7 millones de horas perdidas miserablemente, lo que supone unos 2.000 millones de euros, más o menos, evaporados. También es un buen momento para que algún dirigente socialista más que despistado no tenga que envainársela después de haber pedido que a un obispo se le ponga un bozal. Feliz 2013 a todos.