Los obispos españoles felicitan la Pascua de Resurrección. Niños, de nuevo
La Pascua lo cambia todo: cambia la Historia y cambia la vida de los que se dejan hacer por el Señor. Porque en Pascua todo nace de nuevo; y Dios hace, de cada pecador, un niño. Escriben los obispos españoles:
+ Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid
No hay mucho tiempo que perder en el anuncio vibrante y convincente del Resucitado. Si nunca un cristiano –y menos la Iglesia– puede dejar escapar los frutos de gracia y de santidad de una Pascua de Resurrección –frutos y cosecha de la auténtica alegría–, menos en este tiempo del Año de la fe. Ha sido inmolado nuestra víctima pascual: Cristo. Demos una parte en la victoria de Cristo resucitado a todos nuestros hermanos: a los alejados de Dios y de su Iglesia, a los que sufren las decepciones y las heridas del corazón y del alma, a los que padecen enfermedad, soledad, ancianidad, a los que han perdido su puesto de trabajo o no lo encuentran, a los jóvenes y a los niños, las víctimas primordiales de la crisis moral de los matrimonios y de las familias. Jesucristo ha resucitado; ha llegado la hora de la salvación y de la alegría para todos: los que están cerca y los que están lejos de nosotros.
+ Javier Martínez, arzobispo de Granada
Hemos celebrado, estos días, la muerte y resurrección de Cristo, el Misterio Pascual de Cristo, del cual participamos ya por el Bautismo. El gesto del Bautismo, en los primeros siglos, era muy expresivo: se bajaba a las aguas, en una piscina, en recuerdo de los tres días de la muerte de Cristo, y se salía de las aguas para ponerse la túnica nueva, la vida nueva de Cristo resucitado. Esto es lo que vivimos en Semana Santa. Y sería vano, después de escuchar el relato de la Pasión, tan sobrecogedor, tan esencial, el decir: Bueno, ¿en qué me fijo?; ¿qué conclusiones saco? Hay que leer la Pasión, no para hurgar en nuestras miserias. De hurgar en nuestras miserias sólo saca ventaja y beneficio el enemigo; no es lo que Dios quiere. Cuando nos cocemos en nuestro mal, Dios sufre, porque eso nos aleja de la esperanza, y Él ha venido hasta nosotros para abrir justamente en nuestro corazón el horizonte de la esperanza.
Seas quien seas, a lo mejor te parece que tu vida es un desastre, a lo mejor eres incapaz de mirarla porque no ves más que pobrezas y mediocridades, o que ninguno de los grandes deseos que tenías se han cumplido, o que te has equivocado en las cosas verdaderamente importantes de la vida, a lo mejor hasta en tu matrimonio, en la educación de tus hijos…, y te parece que es demasiado tarde como para arreglar lo que rompiste un día, o las heridas que te fueron hechas… Sea cual sea nuestra situación, somos invitados a la fiesta de bodas: es el Señor quien nos llama, es el Señor quien nos quiere decir: Yo te amo, doy mi vida por ti. Estoy a tu lado, no estás solo.
+ Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos
La Pascua de Resurrección nos ofrece el apasionante horizonte de salir a proclamar a todos que Jesucristo no es una figura del pasado, sino una Persona viva, que ha vencido al mal y a la muerte, y cuenta con nosotros para anunciar con convicción este mensaje. El programa que traza el hoy Papa Francisco es profundamente evangélico y puede resumirse en tres palabras: evangelizar, contemplar y adorar. Incluso podía resumirse así: Jesucristo contemplado, adorado y anunciado. Por los gestos que ha ido mostrando en sus primeros días de pontificado, no es difícil prever que se esforzará en meternos en caminos de pobreza, de servicio a los más necesitados, y de misericordia y compasión hacia los que se encuentran alejados de Dios.
+ Julián Barrio Barrio, arzobispo de Santiago de Compostela
Salid a las calles de la existencia anunciando que Cristo ha resucitado. En Él, todo tiene consistencia. Esta conciencia nos lleva a comprometernos en las tareas terrenales sin permanecer atados a ellas, y aspirando a los bienes del cielo. La resurrección de Cristo revela que podemos amar más allá de la muerte y comprometernos con las opciones de vida que están de acuerdo con nuestra fe, aunque seamos signos de contradicción. Podemos cambiar nuestra sociedad. Todo es posible al que cree que la vida ha vencido a la muerte; el amor, al odio; la verdad, a la mentira; el bien, al mal. La tristeza, la desesperanza y el desamor no deben tener cabida en nuestra convivencia, en la que la sencillez del corazón y la espiritualidad han de ser el factor dinamizador de nuestra felicidad. Somos felices no por lo que queremos tener, sino por lo que Dios nos da.
+ Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara
Hoy, necesitamos testigos alegres de la resurrección de Jesucristo. La Iglesia y el mundo tienen necesidad de que surjan hombres y mujeres, niños y jóvenes, que se postren de rodillas ante el Señor, reconociéndolo como el único Dueño y Señor de sus vidas y el único que merece la entrega incondicional de nuestra existencia.
En unos momentos en los que muchos hermanos confiesan no creer y otros desconocen la presencia del Resucitado en la Eucaristía, es preciso proclamar, con el testimonio de la palabra y de las obras, que Cristo vive, nos acompaña y quiere regalarnos su Cuerpo y su Sangre, para que no vivamos ya para nosotros mismos y para nuestros caprichos, sino para Él, que por nosotros murió y resucitó.