La vida consagrada es un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Todos cuantos han sido llamados a una u otra forma de consagración son, con su vida y misión, un signo vivo de la ternura de Dios en esta sociedad nuestra, tan desierta en ocasiones de amor. A menudo los vemos en los ámbitos más diversos, y a pocos puede extrañar que los consagrados se den sin reservas en escuelas, hospitales, geriátricos, cárceles, parroquias, asilos, universidades, o que bombeen sangre a todo el cuerpo eclesial desde lo más oculto de sus celdas. Pero, ¿nos resulta igualmente familiar verlos entregados a la misión en esos lugares de frontera que son los medios de comunicación? ¿Debemos animarlos para que sean signo vivo también en el mundo de los medios? ¿No vemos a una monja tuitera como alguien un tanto exótico, a quien no acabamos de tomar en serio?
La gran tarea de la Iglesia es anunciar el Evangelio. Por eso, un consagrado no puede plantearse no comunicar, no anunciar la Buena Noticia. Es verdad que, aun reconociendo esto, se podría pensar que el anuncio hoy sigue siendo posible sin tener en cuenta a los medios. En sentido estricto puede ser así, pero como planteamiento evangelizador integral ya no es posible. Las vías de comunicación abiertas por las conquistas tecnológicas se han convertido en un instrumento indispensable para responder adecuadamente a las preguntas que surgen en un contexto de grandes cambios culturales, que se notan especialmente en el mundo juvenil. El mundo digital, por poner el ejemplo más evidente, nos ofrece medios que permiten una capacidad de expresión casi ilimitada, abre importantes perspectivas y actualiza la exhortación paulina: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! Hoy, con la difusión de los nuevos medios, la responsabilidad del anuncio no sólo aumenta, sino que se hace más acuciante.
La vida consagrada no es una excepción: cuanto más se amplíen las fronteras de ese mundo, tanto más se verán llamados los consagrados a ocuparse pastoralmente de este campo. Hay que remar mar adentro en el océano digital. Muchos de los medios de ese nuevo mundo no son estrictamente medios, sino lugares donde la gente vive, compra, estudia, se divierte, reza y sí, también lugares donde la personas experimentan fracturas desgarradoras, en soledad y, al mismo tiempo, rodeadas de gente. Por eso hay que remar, pero hay que saber hacerlo, y hay que saber nadar, por si acontece el naufragio. Por eso también los consagrados han de formarse en los medios. Un conocimiento más profundo de ellos les llevará no sólo a no rehuirlos, sino a entenderlos de forma adecuada para estar en medio de ese mundo de forma significativa, poniendo a Cristo en el centro, haciendo de los encuentros virtuales un lugar de primer anuncio, que sólo se culmina cuando hay encuentro de carne y hueso con otro y, al fin, con Otro que siempre sale al encuentro, también de aquellos que andan perdidos en las periferias de las redes sociales.