Un sorbito de vida - Alfa y Omega

«Las muertes en Estados Unidos se acercan a 100.000, una pérdida incalculable». Con este titular a seis columnas, el New York Times recogió el domingo en una aplaudida portada los nombres de 1.000 americanos fallecidos por coronavirus. Más que por lo novedoso –aquí también se han publicado listados de víctimas–, el periódico acertaba al recordarnos que detrás de las brutales cifras de muertos hay nombres y apellidos, con sus historias escritas con renglones más o menos torcidos. Junto a la edad aparecían descripciones como «coleccionista de sellos y monedas», «animador de La Sirenita», «enfermera con ganas de viajar», «el alma de la fiesta» o «siempre quería estar junto al océano»… Porque cada número, al fin y al cabo, es una persona a la que alguien llora.

En mi casa también hemos rezado y llorado estas semanas. Junto a las buenas noticias de que algunos conocidos mejoraban y salían adelante, el 24 de abril recibimos un mazazo: con apenas 63 años, mi tío Ignacio, un tipo divertido, cariñoso y conversador, había muerto de madrugada tras semanas de lucha contra el puñetero coronavirus. «Además de un profesional con una gran vocación de servicio público, Ignacio Álvarez fue un excelente colaborador en la defensa de los intereses de la ciudad como arquitecto municipal», escribió la alcaldesa de Toledo, Milagros Tolón, en su cuenta de Twitter al enterarse. Después, en numerosas necrológicas y hasta en el Pleno municipal del pasado lunes, se ha reconocido su trabajo durante casi cuatro décadas al servicio de los toledanos, con hitos como la declaración de Ciudad Patrimonio por la UNESCO.

Cuando escribo estas líneas, todavía no he podido dar un abrazo a mi tía Elena –la hermana pequeña de mi madre– ni a mis primos Lluc, Ignacio y Elena, con los que mi tío hizo su mejor obra como han demostrado siendo una piña ahora. Pero los tengo presentes cada día cuando, sin darme cuenta, me descubro repitiendo: «Cafés Sorbito, cada sorbito vale por dos». Con este eslogan, impreso en los sobres de azúcar que acompañaban al café en verano, mi tío se inventó una cancioncita que hacía nuestras delicias en las intensas sobremesas. Vuelve a mí con imágenes de lo mucho y muy bueno que vivimos juntos: los días de playa, las Nochebuenas, las tertulias políticas, las partidas de Ferrocata… Un recuerdo agradecido para endulzar lo amargo del momento.

D. E. P. tío Ignacio.