La anécdota es de hace unos días. El ministro español del Interior, que presidía la Delegación española en la canonización de la, por ahora, última santa española, la catalana santa Carmen Sallés, le pidió al Papa Benedicto XVI, tras agradecerle la canonización: «Santo Padre, rece por España». A lo que el Papa le respondió inmediatamente: «Ya lo hago». No parece necesario gastar demasiado tiempo ni espacio para constatar la predilección que Benedicto XVI siente por España. No fue menor la que sintieron —y demostraron ampliamente— sus predecesores; sin ir más lejos, el querido Juan Pablo II, que nos recordó en Compostela nuestras propias irrenunciables raíces. Nada tiene, pues, de particular que Alfa y Omega dedique, esta semana, su tema de portada al alma de España, bajo el título que campea en nuestra portada: España no se entiende sin el cristianismo, como atestigua la catedral Primada de Toledo enclavada en el corazón de la ciudad, o la foto que ilustra este comentario.
Nada tiene tampoco de particular que, a los 50 años de un Concilio Vaticano II que decretó lapidariamente, desde el título mismo de una de sus Constituciones, su ferviente deseo de compartir los gozos y esperanzas, las alegrías y las penas de los hombres de esta hora de la Historia, y al comienzo de un Año de la fe, confesemos, desde nuestra portada, la honda convicción de que España no se entiende, no puede ser entendida, sin el cristianismo. La fe en Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros, está en el mismísimo ADN de nuestro pueblo, cuya identidad más significativa quedó plena y definitivamente configurada desde los primeros siglos del cristianismo y permanece hasta nuestros días. El Santo Padre Benedicto XVI —un Papa que, antes que exigir obediencia, da qué pensar—, que tiene como lema episcopal: Cooperadores de la verdad, nos recuerda que es Dios quien hace posible nuestro caminar, nuestro cooperar; es siempre un cooperar, no una decisión nuestra.
Acaba de recordarnos también, lucidísimamente, que las ideologías envejecen, pero la Verdad no; que a los ideólogos de toda clase y condición se les pasa el arroz, pero el Evangelio de Jesucristo, la Buena Noticia, disfruta de una permanente novedad que le permite devolver frescor y amplio aliento y respiro a una cristiandad evangelizada pero ya no evangelizadora, o, cuando menos, en grave y serio riesgo de no evangelizar.
La fe en Jesucristo resucitado y el Credo de los Apóstoles han acompañando al pueblo español a lo largo de los últimos veinte siglos, y le han ayudado a superar tantas y tantas crisis, de todo tipo, culturales, sociológicas, políticas, económicas…, causadas por el olvido de lo esencial, por el intento de desarraigarse de las propias raíces, por el relativismo del qué más da, o por el suicida intento de convertir la fe, el encuentro personal y eclesial con Cristo, en un moralismo de rebajas y de todo a cien.
Ni se entiende nuestra literatura, ni nuestro arte, ni se puede entender nuestra alma como pueblo, sin la fe, la esperanza y la caridad, sin las noches oscuras y las altísimas luces de nuestros místicos, sin la entrega de nuestros misioneros, sin nuestro amor a la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, desde los albores mismos de nuestra primera evangelización. La historia de España y la de la Iglesia coinciden. La Iglesia no es un pegote, un añadido; es la clave, el corazón de nuestra esperanza.
En un momento de grave preocupación por la evidente pérdida de la brújula indispensable, que nuestro pueblo sufre, o por la costumbre convertida en rutina desmoralizadora, o en gradual carcoma, sólo el sentido de responsabilidad y la conversión que la Iglesia nos reclama pueden devolvernos a la indispensable coherencia entre la vida que vivimos y la fe que decimos profesar.
Sólo desde esa coherencia consciente y libremente aceptada, desde una libertad que sabe que lo que hace al hombre libre no es la libertad del que hago lo que quiero, sino la verdad, podemos ser verdaderamente creíbles y decirnos cristianos, por la gracia de Dios, como reza el Catecismo: personas que profesan la fe en Jesucristo, entregados a su santo servicio.