«El nombre del semanario debe hacer referencia a Cristo, sin complejos», me dijo el entonces obispo auxiliar de Madrid, hoy arzobispo de Granada, monseñor Javier Martínez, justo la noche previa al diseño que había de hacer Francisco Flores -en el periódico La Información de Madrid, y desde entonces nuestro director de arte- del título que aún estaba sin decidir para el semanario que la diócesis de Madrid iba a poner en marcha, allá en los primeros días del mes de octubre de 1994.

«Podemos mirar en De los nombres de Cristo, de Fray Luis de León», le dije yo a continuación, y abriéndolo al azar encuentro: Pimpollo. De inmediato dijimos al unísono: «¡Eso no puede ser!» Y nos pusimos a buscar un nombre con referencia a la Iglesia, pero -observando- «sin que suene a curas y monjas». Y empezaron a salir los más diversos títulos: Iglesia en camino; Nuevo pueblo… En un momento dado, volvimos de nuevo a darle vueltas a la posibilidad de elegir una cabecera para el periódico con referencia a Jesucristo, y le dije al obispo: «Tiene que ser un título de Cristo». Inmediatamente, saltó como un resorte: «¡Ya está!».

«¿Cómo?», le dije yo. «Sí, ya está», respondió: «¡Alfa y Omega!» Al decirle yo la palabra título, en lugar de nombre de Cristo, pensando en el título del semanario, él, sin embargo, pensó de inmediato en título cristológico. ¡Justamente el que aparece en el libro del Apocalipsis! Y nada mejor para expresar todo lo que habíamos estado hablando en aquellas horas de la noche de hace ya casi 20 años: un semanario católico no puede tener sección de religión, pues todo él tenía que hablar de todas las cosas de la vida, precisamente con la luz que las ilumina a todas: ¡Cristo! Y eso quedó plasmado en la página editorial de aquel primer número del semanario, que ya desde entonces no ha dejado de llevar el cintillo de Criterios. Tras recordar que Alfa y Omega son, respectivamente, la primera y la última letra del alfabeto griego, en que está escrito el Nuevo Testamente, y que remiten a Jesucristo, el Principio y el Fin, decía así: «En la cabecera de una publicación católica periódica, Alfa y Omega quiere decir dos cosas: que la persona de Jesucristo, resucitado y vivo para siempre, y presente en la Iglesia, es el fundamento, la roca, sobre la que se puede edificar una humanidad plena y verdadera, y que Jesucristo tiene que ver con todo en la vida, porque tiene que ver con el significado de la vida. Más exactamente, porque es el significado y la esperanza de la vida».

A lo largo de estos 20 años, ha tenido lugar, exactamente, la experiencia viva de aquella conversación nocturna y su plasmación en la línea editorial de nuestro semanario, que ha sido el timón que ha guiado su ya larga y fecunda singladura. Para ello era preciso un timonel a la altura de este Alfa y Omega, auténticamente católico, sin complejos. Nos lo puso la Providencia divina, en ese momento del inicio. La mano firme en el timón de Miguel Ángel Velasco ha sido indiscutible garantía de tan ambiciosa ¡y gozosa! singladura haciendo, semana tras semana, más vivos y fecundos el Significado y la Esperanza de la vida. El título surgido aquella noche de la víspera del diseño del semanario era, sin duda, el que correspondía a tal director.

Alfonso Simón