«El fruto vendrá, como en aquel amanecer del encuentro del Resucitado con sus discípulos, cuando, saliendo a pescar en la noche en el lago, no habiendo cogido nada, hicieron caso al Maestro que les dice: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. Fiándose de su Señor, reconociéndolo y, sobre todo, amándolo, la pesca fue sobreabundante. El fruto vendrá, pues, si lo reconocemos y amamos como ellos: ¡como Pedro! Vendrá copiosamente si no tenemos miedo a que el Señor nos pregunte si le amamos; y, sobre todo, si no vacilamos en la respuesta sincera: Sí, Señor, Tú sabes que te quiero».

Son palabras del cardenal Antonio María Rouco, el pasado sábado, en la Misa de acción de gracia por sus veinte años de entrega pastoral en la archidiócesis de Madrid. Antes, las había pronunciado con su vida a lo largo de su, ciertamente fecundo, ministerio en esta Iglesia diocesana. Nunca tuvo miedo a la pregunta del Señor por su amor, ni dudó al responderle, ¡como Pedro!, con su , y un que lo es ¡con Pedro!, en la comunión de la Iglesia, según reza su lema episcopal. Así lo ha vivido, en fidelidad al programa que había anunciado, veinte años atrás, en la Misa de su toma de posesión: «El obispo no tiene otro mensaje, ni otros bienes, ni otra propuesta de vida que ofrecer que la que se desprende del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo». Y no pudo concretarlo con más claridad: «Lo que cuenta en el obispo no son tanto sus cualidades personales, sus méritos humanos, el reconocimiento social de que puede ser objeto dentro y fuera de la Iglesia, cuanto su humildad, la capacidad de desprendimiento de sí mismo, para que se haga más transparente, en su vida y en su ministerio, la figura del apóstol de Jesucristo. Más exactamente, para que se vea en él al sucesor de los apóstoles», y añadió lo esencial de su programa: «Eso quisiera ser yo entre vosotros, un fiel y humilde sucesor de los apóstoles».

Era el amor de Cristo, no las cualidades, ni las estrategias humanas, en un mundo inhóspito, lo que hizo fecundo el ministerio apostólico. No es menos adverso que entonces el mundo de hoy, y don Antonio lo sabía bien, y su análisis en aquella primera homilía en Madrid no ha perdido actualidad: «Un difuso ambiente de escepticismo ante el futuro y de desencanto social nos rodea: falta el trabajo, se multiplican las crisis matrimoniales y familiares, aumentan las situaciones de marginación, se trivializa y se corrompe el amor; se atenta constantemente contra la vida. Nos amenaza el peligro de convertirnos aceleradamente en un país y en un pueblo avejentado y decrépito, física y moralmente». Y añadía don Antonio algo que nunca dejó de subrayar: «Es el ambiente de Europa, de la Europa opulenta y en crisis; es también nuestro ambiente». La respuesta no podía ser otra que el anuncio gozoso del Evangelio. Lo dijo en su primera Carta pastoral: Evangelizar en la comunión de la Iglesia. Y lo subraya en la última: Comunión misionera, gozo del Evangelio. De nuevo, la comunión, con Pedro y ¡como Pedro!

Evoca, sin duda, la Exhortación Evangelii gaudium del Papa Francisco, quien, a su vez, no deja de evocar la voz de sus predecesores, y de modo significativo la de aquel que va a beatificar el próximo domingo, el Día, precisamente, de las misiones, cuando afirma que «un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor -con palabras de Pablo VI, en su Exhortación Evangelii nuntiandi-, la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. […] Y ojalá el mundo actual -que busca a veces con angustia, a veces con esperanza- pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo».

Es luminosa la continuidad de la voz de Cristo en sus Vicarios en la tierra. El largo ministerio episcopal en Madrid de don Antonio da buena fe de esta honda comunión con cada uno de los tres Papas que lo han jalonado. El pasado día 11, tras evocar la JMJ de Santiago, donde Juan Pablo II «nos emplazaba inexcusablemente a evangelizar de nuevo -¡con nuevo ardor!- a los viejos pueblos y naciones de una Europa de raíces cristianas milenarias», confesaba que «no había otra alternativa para un obispo tocado hasta lo más hondo de su alma por la fuerza irradiadora de la persona y del mensaje de san Juan Pablo II». Y no menos tocado lo ha sido por Benedicto XVI -bien lo vimos en aquella cascada de luz de la JMJ de Madrid 2011-, ya desde su primera audiencia, recién elegido sucesor de Pedro, con los participantes del III Sínodo diocesano de Madrid, el 4 de julio de 2005, transmitiendo «la certeza de que la caridad es, ante todo, comunicación de la verdad»; y de modo especial cuando, al convocar el Año de la fe, calificó la situación presente de profunda crisis de fe, al tiempo que alentaba la verdadera respuesta de la nueva evangelización. Eso es, justamente, lo que traslucía el cardenal Rouco, en su homilía del sábado, al decir -y no faltarán quienes le tachen de alarmista y reaccionario- que «no hace falta ningún especial don de profecía para entrever que, en el próximo futuro, se van a poner a prueba la firmeza y la claridad de nuestra fe en Cristo», pero lejos del miedo y de las dudas, «no debemos arredrarnos ni retroceder en nuestra misión de ser testigos valientes de Jesucristo».

20 años de Alfa y Omega han sido testigos privilegiados de los mismos años en Madrid de don Antonio, a la vez que fieles seguidores de su a Cristo con Pedro, y como Pedro. Puedo dar fe de ello. Como puedo dar fe también de la comunión, de cuantos hacemos realidad Alfa y Omega cada semana, con su pasión misionera. El pasado jueves, en estas mismas páginas, decía nuestro cardenal arzobispo que «el mercado de los medios tiene ofertas sobre todo tipo de cosas…, menos sobre lo que más importa en la vida: su sentido. Ahí, el vacío es clamoroso. Alfa y Omega, sin duda, lo está llenando». Lo llena, sencillamente, diciendo a Cristo, como ha hecho él: con Pedro, y como Pedro.

Alfonso Simón