«Estoy preocupada por Su Santidad», le dijo a Juan Pablo II la religiosa que cuidaba por su salud, en sus últimos días. El Santo Padre no dudó en responderle: «También yo estoy preocupado por mi santidad». Desde que pude conocer esta luminosa anécdota de quien no dejaba de proclamar: ¡No tengáis miedo a ser santos!, me he sentido espoleado a desterrar ese miedo, tan a menudo disfrazado de sueño imposible; ni de preguntarme cómo podía tener tal preocupación quien, desde luego, no tenía en absoluto ese miedo. La respuesta me la daba él mismo. Precisamente por no tener miedo alguno, se lanzaba a la carrera de la santidad con todas sus fuerzas, como el atleta de la fe que era, emulando a san Pablo, lógicamente con una preocupación mayor aún que la del más ambicioso atleta.

Leyendo a san Pablo, me viene a la mente la imagen de Juan Pablo II, aspirando -¡todo lo contrario del miedo!- a la santidad: «¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio? ¡Corred de manera que lo consigáis! Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible. Así pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado». ¿Cómo no sentirse espoleado a vivir de este modo la carrera de la vida para que se cumpla de verdad y en toda su plenitud? Lo que el Papa proclamó, el pasado domingo, fue exactamente esa plenitud de la vida de Juan Pablo II. Ser santo no es otra cosa que ser hombre. En toda su verdad. No tener miedo a ser santos, en efecto, es no tener miedo a la verdad de nuestra propia humanidad, la verdad que sacia el ansia infinita de libertad que define a todo hombre, y que sólo cumple Jesucristo. Por eso, fuera de Él, una humanidad verdadera resulta, ciertamente, un sueño imposible. Así lo dijo el Papa en su preciosa homilía: «Este hijo ejemplar de la nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad».

¿Preocupados? Sí, de la santidad.

Alfonso Simón