Solovki, el monasterio que acabó siendo un gulag: Aquí empezó el horror

Ricardo Ruiz de la Serna
Una de las prisiones del campo de trabajo de Solovki. Foto: Juan Manuel Prieto y Rafael Trapiello

El horror empezó en el archipiélago ruso de las islas Solovki. Está en medio del mar Blanco. En la mayor de las islas se alza el monasterio ortodoxo Solovetsky, declarado patrimonio de la humanidad en 1992, pero antes fue cárcel de los zares y campo de trabajo en condiciones de exterminio durante la Unión Soviética. Los bolcheviques cerraron el monasterio en 1920 y tres años más tarde comenzó a funcionar el que se llamó Campo Solovki de Propósitos Especiales, el primer centro de internamiento de la inmensa red que se llamó gulag, denominada así por el órgano de la policía política que lo gestionaba: la Dirección General de Campos de Trabajo Correccional y Colonias, cuyo acrónimo era, en ruso, GULAG.

Gracias al Centro José Guerrero (Granada), en coproducción con el Centro de Arte Alcobendas y con la Fundación Caja Mediterráneo, podemos ver la exposición Solovki, de los fotógrafos Juan Manuel Castro Prieto y Rafael Trapiello, comisariada por Alicia Ventura. Se exhiben 50 fotografías de los artistas junto a 17 fotos de archivo y un vídeo documental. La muestra comenzó su andadura en el Centro de Arte Alcobendas, dentro de la edición de 2019 de PHotoESPAÑA. Después la acogió el Centro Fotográfico La Llotgeta y ahora ha sentado sus reales en la ciudad de los reyes nazaríes hasta el 22 de marzo de 2020.

A estos campos, ya nos advertía Solzhenitsyn, no se podía viajar. «¿Cómo se llega a ese misterioso archipiélago? Hora tras hora vuelan aviones, navegan barcos y retumban trenes en esa dirección, pero no llevan un solo letrero que indique el lugar de destino. Tanto los taquilleros como los agentes de Sovturist y de Inturist se quedarían atónitos si les pidieran un billete para semejante lugar. No saben nada ni han oído nada del archipiélago en su conjunto, y tampoco de ninguno de sus innumerables islotes». Aquí no se venía. Aquí se era conducido.

Castro y Trapiello, pues, han fotografiado los primeros pasos del horror del siglo XX simbolizado en una de sus instituciones más perversas: el campo. Por supuesto, el gulag no es solo un lugar, sino también un proceso que comienza con la detención. De nuevo habla Solzhenitsyn: «Los que van allí a morir, como usted y yo, mi querido lector, deben pasar forzosa y exclusivamente por el arresto». Así se inicia un calvario de interrogatorios, maltratos, frío y hambre, torturas, procesos administrativos y, a veces judiciales, sin garantía alguna y que concluyen en el traslado a la celda de la prisión o al barracón. Vean este pasillo de la cárcel de Solovki. Hay muchos lugares de la antigua Unión Soviética –recuerdo la cárcel de Patarei, en Tallin (Estonia), por ejemplo– con estos corredores, estas puertas metálicas, ese aire concentracionario al que esta fotografía ha dado luz y forma.

Procesión de la Pascua ortodoxa dentro del monasterio Solovetsky. Foto: Juan Manuel Prieto y Rafael Trapiello

Por todo el bloque oriental, que se alzaba tras el Telón de Acero que describió Churchill en su célebre discurso de 1946 en Fulton (Missouri), lugares como este inspiraron terror a millones de personas. Hoy esa memoria corre el riesgo de perderse. Esta exposición denuncia ese olvido. Dividida en cuatro secciones, dedica la primera al monasterio para, después, centrarse en la vida de los habitantes de Solovki hoy. Los dos siguientes bloques retratan a la gente del lugar y su modo de vida. Por fin, en la última parte, las fotografías indagan las huellas emocionales del pasado.

De esto se trata, al fin, cuando volvemos la vista al gulag, a los campos de concentración y de exterminio, a las fosas y las cárceles; cuando miramos, en suma, al mal radical que los totalitarismos encarnan. Este espanto no puede mirarse de frente sin correr el riesgo de perderlo todo: el juicio, la esperanza, las ganas de vivir. Solo a través de la cruz puede contemplarse el sufrimiento de tantos seres humanos. Solo abrazados a ella es posible asomarse al silencio clamoroso de los barracones desmantelados y los pabellones penitenciarios ahora vacíos.

El visitante se ha asomado a la primera estación de un viaje a las tinieblas de la Historia. Quizás sea prudente que encamine sus pasos a la catedral cercana. Quién sabe si resonarán en su interior las palabras de san Pablo en la carta a los Efesios: «Nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino contra las fuerzas sobrehumanas y supremas del mal, que dominan este mundo de tinieblas». Tal vez pueda poner ante Cristo en la cruz lo que ha sentido ante este horror cuyos primeros pasos ha atisbado.

Ricardo Ruiz de la Serna