Se oye con frecuencia que la Iglesia en tiempos de calamidad no hace nada. Los más iluminados, con una idea muy original, aconsejan vender el Vaticano y sus tesoros para erradicar de una vez por todas el hambre en el mundo. ¡Qué atrevida es la ignorancia! Mientras tanto, mi obispo Mark J. Seitz sigue con su cruzada en favor de los derechos humanos y la dignidad de los migrantes. En definitiva, es algo así como un obispo con olor a oveja-migrante, como le gusta decir al Papa.

Nuestro obispo condena desde hace tiempo a las autoridades estadounidenses por tratar a los migrantes «peor que a los animales» y por considerar «que las amenazas a los niños y a las familias que huyen de sus países son una afrenta a los derechos humanos». Y exige que se les permita permanecer en Estados Unidos mientras esperan una decisión sobre sus solicitudes de asilo.

Lo cierto es que mi querido obispo se mete en todos los saraos: igual acompaña a una niña hondureña a buscar asilo cruzando la frontera con ella de la mano que se va a Ciudad Juárez, como hizo hace unos días, a repartir consuelo y rezar con migrantes en una casa de acogida. «Un Gobierno y una sociedad que ven a los niños y familias que huyen como amenazas; un Gobierno que trata a los niños bajo custodia peor que a los animales; un Gobierno y una sociedad que dan la espalda a las madres embarazadas, los bebés y las familias, y los hacen esperar en Ciudad Juárez sin pensar en las consecuencias de esta desafiante ciudad… son un Gobierno y una sociedad que no están bien», dijo. «Sufrimos de un caso de endurecimiento del corazón que amenaza la vida». Y agregó que los corazones de sus coterráneos «se han vuelto demasiado fríos y demasiado duros, y eso es un mal presagio para la salud de nuestra nación».

Conduzco rozando el muro fronterizo y divisando esa X emblemática de Ciudad Juárez –tan popular en las narcoseries– de estructura metálica y color rojo intenso, que se yergue en la plaza de la Mexicanidad, y pienso en todas las veces que nuestro obispo nos ha pedido que no seamos indiferentes al dolor. Mientras tanto, López Obrador miró a los ojos a Trump y le dijo: «Fallaron los pronósticos, no nos peleamos, somos amigos y vamos a seguir siendo amigos». ¿Se puede uno declarar amigo de quien menosprecia al pueblo que diriges? ¿Olvidaste las declaraciones de la campaña electoral de Trump donde se acusaba a tu pueblo mexicano, al que juraste defender, de «traer droga» y de ser violadores? ¿Será cierto que en política todo vale?

José Luis Garayoa
Agustino recoleto. Misionero en Texas (EE. UU.)