El 30 de agosto, el obispo Barron, auxiliar de Los Ángeles, respondió a los católicos que le pedían razones para no abandonar la Iglesia tras el caso McCarrick y la publicación del Informe Saphiro sobre abusos sexuales en Pensilvania. «Si nos vamos ahora –les dijo Barron–, ¿quién será la voz profética que se alzará en defensa de las víctimas? ¿Para quién luchamos nosotros? No luchamos por nuestras instituciones. Nosotros luchamos por las víctimas de estos terribles crímenes». Desde hace semanas proliferan las voces que, como la de Barron, hacen pública su opción por las víctimas antes que por la reputación institucional de la Iglesia. Estas voces se han ganado un lugar destacado en el debate público sin sucumbir a la lógica del poder, sin inventar conjuras mediáticas ni adoptar posiciones victimistas.

La crisis es grave, pero no porque nos persigan. Tampoco hubo persecución en 2002, cuando The Boston Globe destapó los abusos en la diócesis del cardenal Law. En todos los casos conocidos, y en los que nos quedan por conocer, la crisis es fruto de los crímenes cometidos, silenciados y encubiertos. Quienes lo reconocen aman la verdad y a la Iglesia, razones por las que miran el mal de frente y celebran el don de la purificación. Y porque son tan leales al Papa como a las víctimas, piden a Francisco que escuche a los expertos y lidere las reformas estructurales y normativas necesarias. Conscientes de que no habrá conversión pastoral que no pase por cambios creíbles y verificables, quienes así hablan son testigos de una reforma que está dando frutos.

En la otra orilla de esta historia están los maledicentes que faltan a la verdad y achacan al Papa la crisis institucional. Sus fijaciones ideológicas les impiden reconocer que no es la reforma pastoral impulsada por Francisco la que nos debilita, sino el fin del modelo de cristiandad el que nos libera de las alianzas con los poderes de este mundo. Entre unos y otros habita un buen número de católicos ausentes, así como otros tantos desconcertados y atemorizados, que no aciertan a saber si deben refugiarse en el espiritualismo de quienes les tientan para que aparten la mirada del mal, o en la sospecha que polemistas extienden sobre el Papa.

En la carta del 20 de agosto, Francisco responde de forma clara: sinodalidad, purificación de la autoridad eclesial de adherencias clericales y opción preferencial por las víctimas. En la respuesta a la crisis eclesial que atravesamos, no nos jugamos nuestra reputación institucional, sino la credibilidad de los valores evangélicos que públicamente confesamos creer.

Mª Teresa Compte