Pablo se fue sin hacer ruido - Alfa y Omega

Normalmente las palabras me salen fluidas cuando escribo. Tengo clarísima la idea y no doy muchas vueltas a los textos. Pero esta vez es diferente. No sé ni qué decir ni cómo expresarlo, aunque sé que tiene que ser ahora el momento de hacerlo. Llego de enterrar a mi ahijado, a Pablo. Se ha ido —sé que al cielo, y no solo lo sé yo— con 20 años después de dos años de cáncer de huesos en el que cada día era una mala noticia. Pero él siempre estaba bien. Vivió este valle de lágrimas sin una queja, sin una alharaca, sin hacer ruido. Se sabía amado por Dios, se sabía parte de una historia incomprensible para los hombres. Pero él nos precede y estaba en paz. Jamás renegó de por qué a él. A veces soñaba, de la mano de Teresa, con ir a Egipto. Pero era feliz viendo al Atleti. Su testimonio sencillo pero eficaz dio la vuelta a muchos corazones. Por eso el reguero de personas alrededor de su cama ese último día de aliento para decirle adiós. Por eso una parroquia rebosante en vísperas. Por eso un entierro multitudinario. La santidad no son grandes hazañas, ya nos lo advirtió Francisco. Pablo ya intercede por nosotros. Lo sé. Lo sabemos.