La inmadurez - Alfa y Omega

Hablábamos la semana pasada en estas páginas sobre el síndrome de Peter Pan, es decir, aquellos que no quieren asumir responsabilidades y las consecuencias sociales que ello conlleva: menos hijos, menos vida en familia, más soledad, más pobreza… pero este concepto yo lo extendería a las relaciones humanas que se dan en el día a día, también en contextos aparentemente solventes. Es realmente notable cómo, a medida que vamos creciendo en años, no lo hacemos en capacidad de comprender los comportamientos humanos ajenos —para los propios siempre tenemos exposiciones magistrales— o en entrenar lo que comúnmente se llama la «manga ancha». Hombres y mujeres de 40 y 50 años, con la vida hecha, los hijos criados y la casa pagada, se enrocan en dimes y diretes que dinamitan redes de hace décadas; las conversaciones giran, cada día más, en torno a lo que hace el otro o deja de hacer; las vidas de los demás se retuercen, el chascarrillo gana y la mota en el ojo ajeno nos nubla. Y digo yo si no tendremos cosas que hacer en el día a día o sufrimientos que abordar cómo para crearlos nosotros, constantemente, por nimiedades.