La película de terror detrás de retrasar la adultez
Una sociedad repleta de Peter Pan estaría abocada a la soledad y, paradójicamente, a la infecundidad. Los expertos subrayan el papel clave de la familia. «Es el principal contexto en el que aprendemos la autonomía», explican
La imagen tan simpática que corona este artículo quizá les lleve a engaño. Si Peter Pan se encarnase y contagiara con sus ensoñaciones a los adolescentes que hoy pueblan la faz de la tierra, el resultado se podría parecer más a una película de terror que a una de Disney. «Llevado al extremo podría dar lugar a trastornos de la personalidad. Gente con mayor dependencia, con impulsividad o que presente dificultades para tolerar la frustración», explica en conversación con Alfa y Omega el psicólogo clínico y coordinador facultativo del área de salud mental del Centro San Juan de Dios de Ciempozuelos, Juan Jesús Muñoz.
Pero en esa hipotética España convertida en El País de Nunca Jamás las consecuencias no solo serían personales, sino también colectivas. «Tendríamos una sociedad incapaz de hacerse cargo del otro». Así, «la tasa de fecundidad caería hasta límites nunca antes conocidos», advierte Cecilia Serrano, investigadora del grupo de investigación Jóvenes en transición del Instituto Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra. ¿Cuidar un bebé? ¡Ni de broma! Aunque tampoco a los ancianos. «La soledad ya es un gran problema entre las personas mayores, imagínate en una sociedad en la que nadie quisiera asumir la responsabilidad de cuidar a los demás».
«No me gustan los niños»
El escenario planteado, de momento, es una hipótesis, pero a la luz de los testimonios recabados por Jóvenes en transición, está mucho más cerca de hacerse realidad de lo que podríamos pensar. «No me gustan los niños. No quiero esa responsabilidad. No quiero… O sea, tener que inculcar valores… darle un tiempo, que puede ser mío para lo que a mí me gusta y lo que yo quiero, a otra persona… que te necesita completamente…». Así se expresa una de las jóvenes, de 26 años, a las que Serrano y el resto del equipo del ICS han entrevistado para avanzar en su investigación sobre la situación actual.
El testimonio va en línea con los datos recopilados por la empresa demoscópica Análisis e Investigación para la fundación The Family Watch. A principios de año presentaron los resultados del XV Barómetro de las Familias en España y en ellos se constata que solo uno de cada tres encuestados de entre 18 y 44 años tiene previsto formar una familia en los próximos cinco años. Se trata de aproximadamente un 1 % menos que en 2024. En su lugar, priorizan prosperar en su vida profesional (84 %), viajar (69,2 %) y ampliar sus estudios (38,1 %), en el caso del perfil más joven (18-29 años).
Las respuestas de los encuestados a esta cuestión es preciso cruzarlas con otra de las preguntas planteadas: ¿Considera que existen mayores dificultades para formar una familia ahora que en generaciones anteriores? El 77 % consideró que sí. Entre las causas, siete de cada diez culparon de esta situación a la vivienda, aunque también advirtieron, entre otras cosas, de la falta de medidas de conciliación.
Pérdida de coordenadas
Atendiendo a estos datos, la investigadora de la UNAV considera que «muchos jóvenes no rechazan la adultez por capricho, sino porque sus coordenadas tradicionales se han vuelto inaccesibles o incoherentes».
La vivienda, casarte, formar una familia… «al final, todo esto se ha asociado siempre al proceso de adultez». Son ámbitos exigentes que implican trascender a uno mismo. Por eso, «cuando faltan, se produce un impacto en el grado de madurez, que se ve retrasado por esas variables», considera Sheila García de la Galana, psicóloga clínica en la Unidad de Media Estancia de Trastornos de la Conducta Alimentaria del Centro San Juan de Dios de Ciempozuelos.
El catalizador de la madurez
Para empezar a revertir la situación, Cecilia Serrano aboga por dejar de identificar adultez con independencia económica. «Vemos que no es suficiente», apunta la investigadora, que está preparando un ensayo, titulado ¡Muerte a Peter Pan!, para la colección Temas de Nuestro Tiempo de la editorial EUNSA. La obra saldrá publicada en 2027. «La independencia económica es importante, pero no suficiente. Hay un paso más, que es el hacerse cargo de otros». Es decir, «cuando te encargas de tu entorno —cuidas a alguien o te haces padre—, esa responsabilidad sí funciona como un catalizador de madurez o de adultez».
Se trata, en realidad, de un tema nuclear para la existencia humana. «Lo tenemos inscrito en la naturaleza. Es ley de vida. A una generación le precedió otra y esa misma generación tiene que velar por la siguiente».
La familia y la autonomía
A pesar de ello, los datos y testimonios ofrecidos en este reportaje demuestran que es posible desoír a nuestro instinto. Por ello, hace falta un aprendizaje, y ahí la familia tiene un papel clave. «Constituye el principal contexto en el que aprendemos y desarrollamos nuestra autonomía», puntualiza Juan Jesús Muñoz, que también es doctor en Psicología.
El experto anima a empezar este trabajo «desde que el niño es pequeño». Con 2 o 3 años, los peques ya pueden ir recogiendo sus juguetes, guardando su servilleta en el cajón o quitándose el pijama. «Han de ser cuestiones adaptadas a su edad». De lo contrario, advierte la psicóloga clínica García de la Galana, «se puede caer en un exceso de autonomía, en una hiperresponsabilidad que a veces les cuesta gestionar y que, además, puede dar lugar a niños frustrados y con personalidades más obsesivas».
Junto con todo ello, la investigadora de la UNAV recomienda también «poner el foco en el mundo laboral», tanto a nivel público como privado. «Que se den unas condiciones que favorezcan que los jóvenes puedan ganar en responsabilidad dentro del trabajo», propone. «Si vivimos en un mundo que los jóvenes priorizan el trabajo al hecho de formar una familia», como se subraya en los datos de The Family Watch, «pues que eso por lo menos les sirva para asumir el peso de sus decisiones». Y «si además les brindamos las condiciones necesarias para poder conciliar con la vida familia, se puede reconducir la cuestión».
Autonomía e IA
Por último, los expertos advierten de un nuevo reto: la inteligencia artificial. «Se encuentra en sus primeros albores y todavía no la hemos estudiado a fondo», reconoce Cecilia Serrano, pero «uno de los conceptos clave es el del esfuerzo». Y concluye: «El hacer nosotros un texto que nos han pedido para clase, o los deberes de matemáticas; todos esos pequeños sacrificios son los que al final van construyendo la identidad adulta. “Yo estoy dispuesto a estudiar lo que haga falta, a escribir lo que haya que escribir, aunque me cueste”». De lo contrario, «si gracias a la IA quitamos todos esos pequeños esfuerzos, ¿cómo esperamos que luego quieran ser padres, que implica mucho más esfuerzo?».
Si nadie se hace responsable, no tendremos una sociedad de adultos, sino de eternos adolescentes. La inteligencia artificial puede ayudarnos a madurar o ser la excusa perfecta para justificarnos, depende de nosotros.
Estamos construyendo una sociedad de irresponsables. Cada vez nos cuesta más asumir compromisos, tomar decisiones difíciles y, sobre todo, hacernos responsables de sus consecuencias. Queremos ser libres, pero no responsables. Y sin responsabilidad no hay verdadera libertad ni auténtica madurez.
La inteligencia artificial no ha creado este problema, pero puede agravarlo. Es una ayuda extraordinaria para analizar una situación, comparar alternativas o anticipar consecuencias. El peligro aparece cuando deja de ser ayuda y se convierte en sustituto de nuestro juicio. Decidir es un acto propiamente humano, no es elegir la opción estadísticamente mejor como hace la IA, es conocer la realidad, deliberar, ejercer la libertad y hacerse cargo de lo decidido y sus consecuencias.
Me preocupa una sociedad en la que nadie se haga responsable de sus decisiones. Lo vemos en los políticos que difícilmente asumen las consecuencias de sus actos; en los empresarios que dejan que un algoritmo seleccione o despida a un trabajador; o en el médico que dice que solo siguió el protocolo o las indicaciones del nuevo asistente con inteligencia artificial. Y todos acabaremos diciendo: «Yo no he sido, lo dice el ordenador, lo dice la IA».
Pero la máquina nunca puede ni debe hacerse responsable. Puede calcular e incluso superarnos en muchas capacidades, pero no tiene conciencia ni libertad moral. Por eso la Rome Call for AI Ethics (www.romecall.org), que he tenido ocasión de difundir como patrono de la Fundación RenAIssance, situó la accountability entre sus principios esenciales: detrás de lo que hace una máquina siempre debe haber alguien que responda.
León XIV ha recogido esta intuición en Magnifica Humanitas, haciendo de la accountability una exigencia central. No basta una responsabilidad genérica, hay que saber quién explica una decisión, quién puede revisarla y quién asume sus consecuencias cuando causa un daño. La encíclica nos avisa: “se vuelve decisivo lo que llamamos “responsabilidad”( accountability): la posibilidad de identificar quién debe rendir cuentas de las decisiones, motivarlas, controlarlas y, cuando es necesario, cuestionarlas y remediar los daños que derivan de ellas”.
La cuestión, por tanto, es antropológica y educativa. ¿Qué personas queremos formar? ¿Qué modelos encuentra un joven en los adultos de referencia? Si ahorramos a los jóvenes toda dificultad y toda consecuencia, y además los adultos les ofrecemos malos ejemplos y les damos una máquina con IA que decide por ellos, retrasaremos todavía más su llegada a la edad adulta. Educar es ayudar a crecer en libertad, lo que presupone descubrir la verdad, aprender a elegir el bien y responder de lo elegido y sus consecuencias.
La falta de responsabilidad personal puede afectar a la vida de muchas personas, decisiones políticas donde nadie es responsable que afectan a la vida de las personas, nuevas armas de guerra autónomas, reestructuraciones, despidos, derecho a la información… La IA puede ayudar, pero nunca debe tener la última palabra sobre la vida de una persona. La encíclica Magnifica Humanitas es clara: “El uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico: cuando entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta a sus derechos, oportunidades, reputación y libertad. Las decisiones delicadas que repercuten en el trabajo, el acceso a créditos y a otros servicios, y la reputación de las personas, corren el riesgo de ser confiadas completamente a sistemas automatizados que no conocen «la compasión, la misericordia, el perdón y, sobre todo, la apertura a la esperanza de cambio en el individuo»”.
Quizás necesitamos nuevas leyes y límites, pero sobre todo conciencia y autorregulación. Necesitamos empresas, directivos y profesionales que, sin esperar a que nadie se lo imponga, decidan no esconderse detrás del algoritmo. Necesitamos educar personas adultas, capaces de buscar la verdad y el bien, capaces de pensar, decidir, comprometerse y hacerse responsables de sus decisiones y las consecuencias de sus actos.
La IA puede ayudarnos enormemente o convertirse en la excusa perfecta para seguir diciendo: «¡Pío, pío, que yo no he sido!».
De nosotros depende.
Juan Antonio Perteguer
Presidente de ASE-Acción Social Empresarial; ha sido patrono de la Fundación vaticana RenAIssance sobre el uso ético de la IA.