No es verdad 786 - Alfa y Omega

El prestigioso economista Fernando Fernández ha escrito, estos días, en ABC: «España ha vivido largos años al margen de la realidad, también en temas bancarios. Quisimos olvidar que una crisis inmobiliaria, siempre y en todo lugar, se lleva por delante a una parte del sistema financiero. Así ha sido y así será». Efectivamente así ha sido y así sigue siendo, pero no está de más recordar a los olvidadizos de conveniencia que, no hace mucho, todavía un impresentable presidente del Gobierno de España se ufanaba insensatamente de lo maravillosamente que estaba nuestro sistema bancario, ¿recuerdan ustedes? Íbamos a superar a Italia y a Francia. Lo verdaderamente intolerable es que los cantamañanas que decían gobernar España siguen hoy intentando dar lecciones de economía y de muchas cosas más, cuando lo que deberían hacer, por elemental vergüenza, es no volver a abrir la boca durante una larga temporada por lo menos. ¿Se acuerdan de cuando ZP convirtió las cajas de ahorro en bancos? Lo primero que desapareció fueron las católicas obras sociales de las cajas de ahorro. Hay quien cree que es lo que buscaban los llamados socialistas.

Estoy verdaderamente harto de escuchar, en una tertulia sí y en otra también, a los progres buenistas de turno, eso de que el modelo de las Autonomías vale; lo que pasa es que la gestión ha sido mala. Cuando les preguntas en qué ha sido mala la gestión, empiezan a concretar —¡hay que ver lo que saben todos!—: en esto, en lo otro, en lo de más allá. Y, efectivamente, en esto, en lo otro y en lo de más allá la gestión no es que haya sido mala, sino pésima. Más aún, no es que haya sido, es que sigue siendo pésima, y algunos como el insensato López, de Vascongadas, dicen que no quieren saber nada de aceptar las medidas de ajuste que el Gobierno y cualquier ciudadano normal considera indispensables. Entonces, si la o, la d, la e, la l, del modelo han sido víctimas de una pésima gestión, ¿me quieren decir ustedes qué es lo que queda del modelo; acaso la m? ¿Habrá que cambiar, cuanto antes, el modelo, o no? Aparte de que, como dicen los que conocen las entretelas del asunto, o cambiamos el modelo de las Autonomías, o nos lo cambian unos señores de Bruselas, de Frankfurt, o de Estrasburgo.

Luego está, también, estos días, lo de la vuelta de los indignados que celebran el primer aniversario del 15-M, como si hubiera algo que celebrar. Y, con ellos, algunos periódicos. Cualquier ciudadano con sentido común, con dos dedos de frente, distingue perfectamente entre lo que es una manifestación y lo que es una ocupación; hasta el más desavisado y lego en estas cuestiones entiende que una manifestación —legal, democrática, legítima— es para un rato, mientras que una ocupación es otro cantar. Y eso, sin entrar en las basuras varias de la ocupación, inaceptable, ilegal e intolerable. Si la autoridad permite otras cosas, la autoridad no hace lo que es debido; y si, como argumentan falsamente algunos, la ley lo permite, pues ¿qué quieren que les diga?: lo que el sentido común impone es que hay que cambiar cuanto antes esa ley.

Es, desde otro punto de vista, lo que doña Arantza Quiroga, Presidenta del Parlamento vasco, acaba de afirmar, refiriéndose a la desvinculación de Basagoiti, del PP en Vascongadas, del Lehendakari López y del PSOE vasco: «Cuando un proyecto no puede seguir adelante, lo más honrado es que sean los ciudadanos los que tengan que pronunciarse». Así que esperemos —la esperanza es lo último que se pierde— una brizna de sentido común, también en Vascongadas, porque como ha escrito, en ABC, Álvaro Martínez, bajo el título El PP vasco rompe con López, «obsesionados con lanzar guiños a la parroquia nacionalista para mitigar el costalazo electoral que temen, los socialistas tienen ahora mucho más que ver con el PNV y con los batasunos que con el PP; sobre todo en lo relacionado con ETA»; y con Bildu, que pretende ahora marcar y clasificar a los vascos por su origen, o el de sus padres, en un desaforado ataque de racismo y xenofobia que se extiende hasta el intento de querer controlar a la gente por lo que tira a la basura.