Niñas que fueron arrancadas de las manos de sus padres por la corriente. Mujeres, maridos, abuelos, hijos que se asoman a las listas de los supervivientes esperando encontrar un milagro en Colombia. Un milagro tras el aviso que Mocoa, Sangoyaco y Mulato dieron al mundo este pasado fin de semana: la fuerza de la naturaleza os arrasa, os supera.

Supervivientes que cuentan a la prensa cómo un «milagro de la Virgen» –así lo decía Víctor– les puso un tronco al que poder agarrarse para recuperar la vida cuando el agua estaba a punto de arrebatársela. Pero, ¿y quien no encontró un tronco? ¿Y esos niños que murieron ahogados? ¿Esos cuerpos que se agolpan en la morgue? ¿Por qué no hubo milagro para ellos? Es la misma pregunta que se hizo hace más de una década el Papa Benedicto XVI cuando visitó el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau: «Faltan las palabras. Solo hay espacio para un atónito silencio, un grito interior hacia Dios. ¿Por qué te callaste? ¿Por qué has podido tolerar todo esto?». Salvando las distancias entre un desastre natural que deja –por ahora– más de 200 muertos y el exterminio de los campos de concentración que dejó millones de víctimas, la pregunta ante el sufrimiento es casi universal: ¿Por qué?

Abordan la misma cuestión, y de forma reiterada, diversos ensayos a lo largo de la historia. «Si Dios es bueno, si Dios es omnipotente… ¿por qué existe el mal?», se preguntaba Paul Ricoeur en la Facultad de Teología de Lausana. Antes, el gran Chesterton analizaba el asunto en su ensayo sobre el libro de Job. Lo que mueve a Job a interpelar a Dios –decía el genio británico– es un «sincero deseo de conocer» la razón del sufrimiento. No lo hace porque desconfíe de Dios, sino precisamente por lo contrario, porque se fía de Él y, por eso precisamente, no comprende el sufrimiento. «Quiere de verdad ser instruido, porque desea seguir respetando a su Dios». ¿La respuesta? Más enigma. Un lío, diríamos en lenguaje corriente. Dios no responde, sino que pregunta. «El rechazo de Dios a explicar su designio es, en realidad, una insinuación ardiente de su designio», escribe Chesterton. «¿Tiene padre la lluvia?» Hay dos opciones. Entender que la pregunta no tiene respuesta y seguir, como Job, fiándonos o, como ya escribimos en estas páginas, asumir que la pregunta no tiene respuesta en este mundo y apuntarla en la libreta de las dudas que tenía aquel sacerdote. Para,«cuando esté delante de Él, poder preguntar».

Rosa Cuervas-Mons