Magdalena, la pecadora santa

Novelas, películas y leyendas han cubierto su figura con una pátina de irrealidad. Sin embargo, el ejemplo de María Magdalena ha sido propuesto por la Iglesia para todos los fieles. ¿Qué sabemos de esta santa, con fama de pecadora?

José Antonio Méndez
Detalle de María Magdalena, de El Greco

Novelas, películas y leyendas han cubierto su figura con una pátina de irrealidad. Sin embargo, el ejemplo de María Magdalena ha sido propuesto por la Iglesia para todos los fieles. ¿Qué sabemos de esta santa, con fama de pecadora?

Donde hoy silban los juncos y llegan ecos de los coches que van de Tiberias a Corazaín, en un barrizal a orillas del Lago de Galilea, se levantaba Magdala. Las franjas de terreno roturado por los arqueólogos desvelan, poco a poco, los cimientos de sus casas y sus calles; las mismas que recorrió Jesús, el Cristo, y María, la llamada Magdalena, por ser, precisamente, de Magdala.

La identidad de esta discípula de Jesús, cuya memoria celebra hoy la Iglesia, ha estado más que difuminada a lo largo de la Historia. Acaso porque los evangelistas aportan información a cuenta gotas sobre ella, y porque su nombre puede confundirse con el de otras mujeres que seguían al Maestro. A la falta de fuentes historiográficas hay que añadir la confusión creada por una cohorte de novelistas y pseudo historiadores que han barnizado su memoria con una pátina de sospechas inverosímiles y leyendas anticatólicas.

Tres mujeres, una Magdalena

Las dudas sobre su identidad vienen dadas por la mención en los evangelios a tres mujeres, que algunos autores han visto como una sola Magdalena. La primera, la mujer pecadora -no necesariamente prostituta-, que unge los pies a Jesús y es citada por Lucas en el capítulo 7 de su evangelio. La segunda, ahora sí, María la Magdalena, que aparece por primera vez en el capítulo 8 de Lucas como si fuese un personaje no presentado anteriormente, y de la que el evangelista cuenta que Jesús expulsó siete demonios. La Magdalena aparece en repetidas ocasiones durante el relato evangélico, también en el de Juan, hasta la Crucifixión y la Resurrección. Por último, está María de Betania, hermana de Lázaro y de Marta, que algunos han identificado con la de Magdala. Esta hipótesis ha quedado descartada por la crítica más fiable, como la expresada en el prestigioso Diccionario de Teología Bíblica de Leon Dufour, entre otras muchas razones porque Magdala está en Galilea y Betania en Judea, en el estómago del desierto. Mel Gibson, en La Pasión de Cristo, fue más allá e identificó a la Magdalena con la adúltera que iba a ser lapidada, contribuyendo a la idea de que era una promiscua. Así, si bien no tienen por qué ser la misma persona, cabría la posibilidad de identificar a la pecadora pública con la Magdalena que, después, sigue a Jesús con otras mujeres. Acaso por eso, la tradición y la piedad popular han visto en ella una pecadora arrepentida, que deja atrás una vida licenciosa para abandonarse a Dios.

Una santa pecadora

Aunque ambos personajes no tienen por qué ser el mismo, sí tienen un elemento común, que fue subrayado por Benedicto XVI, en 2006: «La historia de María de Magdala recuerda a todos una verdad fundamental: discípulo de Cristo es quien, en la experiencia de la debilidad humana, ha tenido la humildad de pedirle ayuda, ha sido curado por Él, y le ha seguido de cerca, convirtiéndose en testigo de la potencia de su amor misericordioso, que es más fuerte que el pecado y la muerte». En efecto, como han señalado numerosos autores, cuando Lucas dice que Jesús expulsa de ella siete demonios, viene a decir que la estaba purificando por completo (el 7 para los hebreos era el número perfecto, el de la totalidad), esto es, que estaba arrancándola de las cadenas de un gran pecado y llamándola a la santidad. Y dado que Jesús había venido a buscar a los pecadores, para que se conviertan, es lógico que esta María se sintiese removida por sus palabras y se decidiese a seguirle.

Apóstola de los apóstoles

Los evangelios nos la muestran como una mujer soltera, pues no se la asocia a ningún varón (como María, la de Cleofás, o Juana, mujer de Cusa), sino que se la identifica por su lugar de origen. Ella estuvo con las mujeres que contemplaron la crucifixión y que permanecieron frente al sepulcro. También apuntan los evangelios que, en la madrugada del sábado, la Magdalena y otras mujeres volvieron para ungir el cuerpo de Jesús, vieron la losa movida, el sepulcro vacío y recibieron la noticia de que Cristo había resucitado. Ellas corrieron a decírselo a los apóstoles. Cuando Pedro y Juan llegaron, lo vieron como les habían relatado, y se marcharon con el resto del grupo. Y añade el texto: Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Entonces ocurrió: la Magdalena, la pecadora arrepentida, la mujer liberada del Enemigo, fue la primera en ver al Crucificado tras resucitar de entre los muertos. «Ella fue la única en verlo entonces -explica san Gregorio Magno-, porque se había quedado buscándolo. (…) Primero lo buscó, sin encontrarlo; perseveró en la búsqueda y así fue como lo encontró». Tras esto, fue la primera en anunciarlo a sus hermanos: «Una mujer había anunciado al primer hombre palabras de muerte, también una mujer fue la primera en anunciar a los apóstoles palabras de vida», dice santo Tomás de Aquino, quien la definió como Apostolorum apostola (Apóstola de los apóstoles).

Por más que se empeñen ciertas novelas, el mayor legado de esta santa pecadora es, como ha explicado Benedicto XVI, «que también nosotros, como María Magdalena, estamos llamados a ser testigos de la muerte y la resurrección de Cristo. No podemos guardar para nosotros la gran noticia. Debemos llevarla al mundo: ¡Hemos visto al Señor!»

José Antonio Méndez