Madre de los pobres

El pueblo la proclamó Madre de los pobres. El Papa Juan Pablo II, en su visita a España de 1982, en Sevilla, la beatificó. Veinte años después, el pasado 20 de diciembre, se procedió a la lectura del Decreto de canonización de la Beata sevillana sor Ángela de la Cruz, después de que el Colegio cardenalicio aprobara por unanimidad, el pasado día 5 de noviembre, el informe de los médicos y teólogos sobre el milagro que abre el camino de su próxima canonización, que tendrá lugar, Dios mediante, durante la visita del Santo Padre a España en los primeros días del mes de mayo de 2003

Carmen Imbert
La Madre Angelita en los primeros momentos de la fundación de las Hermanas de la Compañía de la Cruz

El pueblo la proclamó Madre de los pobres. El Papa Juan Pablo II, en su visita a España de 1982, en Sevilla, la beatificó. Veinte años después, el pasado 20 de diciembre, se procedió a la lectura del Decreto de canonización de la Beata sevillana sor Ángela de la Cruz, después de que el Colegio cardenalicio aprobara por unanimidad, el pasado día 5 de noviembre, el informe de los médicos y teólogos sobre el milagro que abre el camino de su próxima canonización, que tendrá lugar, Dios mediante, durante la visita del Santo Padre a España en los primeros días del mes de mayo de 2003

Ahora se me viene a la memoria una anécdota que contaba una tía-abuela mía referida a sor Ángela, en una etapa de una sociedad anticlerical de principios de los años 20 del siglo pasado, cuando Madre Angelita iba, en unión de una novicia, por las calles de Sevilla pidiendo para los pobres. Al entrar en un establecimiento y solicitar una limosna a un hombre, éste, que al parecer se encontraba bebido, le cruzó la cara de una bofetada a la monja; ésta, sin inmutarse y con la mejilla enrojecida del golpe, le dijo a su atacante: Esta bofetada es para mí; ¿ahora qué me da usted para mis pobres? Al parecer, el violento individuo rompió en lágrimas de arrepentimiento y le entregó cuanto dinero llevaba encima»: así lo contaba don Julio Domínguez Arjona, el 2 de marzo de 2001, en el 69 aniversario de la muerte de Ángela González Guerrero.

Instantánea de la atención que prestan las hijas de la Beata Ángela de la Cruz a sus señores los pobres, enfermos y abandonados

Grandes ojos negros, piel limpia y sereno semblante, enmarcados en una toca blanca y negra, símbolo de su consagración a Dios en los más pobres. Sor Ángela de la Cruz, la Madre de los pobres, ya Beata, espera para fechas ya muy próximas su canonización. El pasado 20 de diciembre, en la ciudad eterna, se procedió a la lectura del Decreto de canonización de la Beata Ángela de la Cruz, después de que el Consejo de cardenales aprobara por unanimidad, el pasado día 5 de noviembre, el informe de los médicos y teólogos sobre el milagro que abre el camino de la canonización.

Ángela González Guerrero nació en Sevilla el 30 de enero de 1846, en el seno de una familia sencilla y trabajadora. Vivió la pobreza desde niña. Muy pronto tuvo que abandonar la escuela elemental para ayudar a su familia. Angelita, como la llamaban en sus primeros años, trabajó en una profesión artesana de servicio, hasta ganarse el título de la zapaterita. A los 19 años pide su admisión al Carmelo, pero no puede ingresar por falta de salud. En otro intento de entregarse plenamente a Dios, entró como postulante en la Hijas de la Caridad, pero también debe salir por enfermedad.

La enfermedad, la pobreza, son las pistas que el Señor le ponía al paso para descubrir lo que le tenía reservado. Al volver con su familia encuentra el sentido de su vocación, los pobres y enfermos. En julio de 1875, a los 29 años de edad, deja su trabajo para dedicarse a su fundación: el Instituto de las Hermanas de la Compañía de la Cruz. Ella, con dos compañeras más, inician una obra que pretende «alcanzar la santificación de sus miembros con las práctica de las virtudes, especialmente por la mortificación y el servicio a Dios en los pobres». Un año más tarde, reciben la aprobación del Instituto; años después, en 1904, el Papa que llegará a ser san Pío X las aprueba como Instituto de Derecho Pontificio.

Instantánea de la atención que prestan las hijas de la Beata Ángela de la Cruz a sus señores los pobres, enfermos y abandonados

Cuando en 1925 se cumplieron cincuenta años del Instituto, sor Ángela escribió, en su Carta de año, a las Hermanas cuál era su anhelo para este tiempo nuestro: «Y después de los cien años, la (persona) que vea una Hermana de la Cruz pueda decir: Se ve a las primeras, el mismo hábito exterior y el mismo interior; el mismo espíritu de abnegación, el mismo de sacrificio… Son las mismas, la providencia para los pobres; dan de comer al hambriento, visten al desnudo, buscan casa a los peregrinos, visitan a los enfermos, los limpian, los asean, los velan sacrificando su reposo. Son todas para los pobres, mirándolos no sólo como hermanos, sino como señores, y los acompañan y están con ellos a su lado».

Con 105 años de existencia, las Hermanas de la Compañía de la Cruz continúan hoy, con la frescura del primer día, siendo fieles a la voluntad de Dios de seguir el camino de la cruz. El Instituto cuenta con 716 Hermanas: 469 en Andalucía, 213 en el resto de la Península, y 34 entre Canarias, Roma y Argentina. Distribuidas en 54 casas, 37 de las cuales están en Andalucía, llevan la caridad cristiana a todos los que sufren con entrega personal y generosa. Además de ayudar a los pobres, orientándoles en sus problemas y acercándoles al consuelo de las virtudes cristianas, las Hermanas atienden a los enfermos abandonados en sus propias casas, acompañándolos, curándolos y visitándolos; y enseñan y protegen a los niños desamparados, creándoles un ambiente de alegría y esperanza para su crecimiento. En medio de estas labores, las Hermanas dan testimonio de desprendimiento, pobreza y humildad, que contrasta con el lujo, egoísmo y despilfarro del ambiente general: por eso su más visible distintivo es la transparente alegría de sus rostros.

El pasado día 20, las campanas de la Giralda repicaron anunciando ya la santidad de la fundadora de las Hermanas de la Compañía de la Cruz.

Carmen María Imbert