«Cristo es el Evangelio eterno, y es el mismo ayer y hoy y para siempre, pero su riqueza y su hermosura son inagotables. Él es siempre joven y fuente constante de novedad»: así dice el Papa Francisco ya en los comienzos de la Exhortación Evangelii gaudium, y bajo el título que no deja lugar a dudas: Una eterna novedad, que sólo puede ser el mismo Dios, eternamente joven, como subraya a continuación el Santo Padre, con toda lógica: «La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras».
Con tan divina novedad, ¿cómo no se va a desbordar la alegría? Y no una alegría cualquiera, sino la verdadera, la que «llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús», ¡la alegría cristiana! Así lo afirma el Papa en la primera línea de Evangelii gaudium, a lo que añade: «Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría». Sin Él, se sucumbe inexorablemente al «gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo», que «es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales». Sin Él, sin encontrarse con Él, ya podemos tener de todo, incluso decidirnos a ser buenos y hasta tener grandes ideas, que esa tristeza mortal está servida y no llega la alegría de ser cristiano, el gozo del Evangelio. Y aquí, el Papa Francisco retoma las palabras de su antecesor en el inicio mismo de su primera encíclica, Deus caritas est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva», ¡justamente la eterna novedad del Evangelio, fuente inagotable, e inextirpable, de la alegría verdadera!
Ésa es la alegría del Evangelio, «esa que nada ni nadie nos podrá quitar», dice el Papa, que anteriormente hace brotar de su corazón enamorado las mismas palabras de Jesús al despedirse en la Última Cena, que iba a consumar en la Cruz, y a hacerla vivir en su eterna novedad con la Resurrección: «Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os podrá quitar vuestra alegría». Desde ese momento, y a lo largo de los veinte siglos de historia de la Iglesia, ha permanecido la misma enseñanza del Maestro, pues es Él quien está vivo y actuante en su Iglesia, y podemos verlo preciosamente en la Exhortación del Papa Francisco, en prefecta continuidad con sus antecesores. Baste su evocación constante, como una luminosa referencia, de la Exhortación Evangelii nuntiandi de Pablo VI, y en especial cuando, tras afirmar, con su bella espontaneidad, que «un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral», nos pide, con las mismas palabras de Pablo VI, que «conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas… Y ojalá que el mundo actual -que busca a veces con angustia, a veces con esperanza- pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo».
Y un último apunte para poner el foco de atención en el centro de Evangelii gaudium, no en vano la primera de las Bienaventuranzas en los labios del mismo Jesús, ¡el gozo de los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos! Confiesa el Papa Francisco: «Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse», y con el sentir del Maestro no duda en repetir, una y otra vez, su opción preferencial por los pobres, y lo hace en armoniosa sintonía con su predecesor el Beato Papa Juan Pablo II, diciendo bien claro que, sin esta opción por los más pobres, en palabras de la Carta apostólica Novo millennio ineunte, de 2001, «el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido, o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día». La centralidad de la opción por los pobres, no cualquiera, sino la verdadera, la evangélica, no es otra que la del propio Hijo de Dios. Así es: «El corazón de Dios -explica el Papa Francisco- tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo se hizo pobre», y lo afirma citando asimismo a su inmediato predecesor en la sede de Pedro: «Esta opción -enseñaba Benedicto XVI, en la sesión inaugural de la V Conferencia del CELAM, en Aparecida, en 2007- está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza».
Por eso, desde su profunda alegría del Evangelio, el Papa mira a los pobres con sus ojos llenos de la luz de la fe, y no duda en «expresar con dolor que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual», y por eso les proclama la perenne novedad del Evangelio: «¡Felices vosotros, porque el reino de Dios os pertenece!», así les dice Jesús, y «con ellos -añade el Santo Padre- se identificó: Tuve hambre y me disteis de comer, y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo».