«Quisiera recordarles –decía el Papa Francisco al Secretario General, Ban Ki-moon, y a los Jefes Ejecutivos del Sistema de las Naciones Unidas, en su reunión del pasado 9 de mayo, en el Vaticano– un episodio de hace 2.000 años contado por el evangelio de san Lucas: el encuentro de Jesucristo con el rico publicano Zaqueo, que tomó una decisión radical de compartir y de justicia cuando su conciencia fue despertada por la mirada de Jesús». Les hablaba de los resultados de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, y no puede decirse que fuera una simple consideración piadosa, para el grueso de la sabiduría económica de los grandes expertos, indicarles que «éste es el espíritu que debería estar en el origen y en el fin de toda acción política y económica», como tampoco lo era lo que les añadió: «La mirada, muchas veces sin voz, de esa parte de la Humanidad descartada tiene que remover la conciencia de los operadores políticos y económicos y llevarles a decisiones magnánimas y valientes, que tengan resultados inmediatos, como aquella decisión de Zaqueo».

Ya en la Carta Novo millennio ineunte, de 6 de enero de 2001, Juan Pablo II señalaba que «nuestro mundo empieza el nuevo milenio cargado de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no sólo a millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana», a lo que añadía que «el panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad…» La decisión magnánima y valiente que se requiere para responder de un modo eficaz a tales pobrezas no ha dejado de brotar, desde hace 20 siglos, de esa mirada capaz de remover las conciencias que tiene el nombre de Caridad, y por eso dijo el Papa santo que «se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero que hoy quizás requiere mayor creatividad», de modo que «es la hora de una nueva imaginación de la caridad».

Justo cinco años después, ya en su primera encíclica, su sucesor apelaba igualmente a esa mirada de Jesús, como la clave para esas decisiones magnánimas y valientes, vitales en la lucha contra la pobreza, que requieren los Objetivos de Desarrollo del Milenio, cuyo logro, sin esa mirada, ya vemos hasta qué punto supera las solas fuerzas humanas: «El amor –caritas– siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre». Y es por ello que el mismo Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in veritate, de 2009, advierte que, «en las iniciativas para el desarrollo, debe quedar a salvo el principio de la centralidad de la persona humana», ¡verdadera imagen y semejanza de Dios!

Bien presente, sin duda, lo tenía el Papa Francisco, el pasado 9 de mayo, al dirigirse a los Jefes Ejecutivos de la ONU: tras reconocer, en «educación y disminución de la pobreza extrema», la validez de su trabajo de coordinación, les dijo que «los pueblos merecen y esperan frutos aún mayores», y «lo conseguido sólo se asegura buscando obtener lo que aún falta; y en el caso de la organización política y económica mundial, lo que falta es mucho, ya que una parte importante de la Humanidad sigue excluida de los beneficios del progreso y relegada, de hecho, a seres de segunda categoría. Los futuros Objetivos de Desarrollo, por tanto, deben ser formulados y ejecutados con magnanimidad y valentía», desafiando «todas las formas de injusticia» y «oponiéndose a la economía de la exclusión, a la cultura del descarte y a la cultura de la muerte, que, por desgracia, podrían llegar a convertirse en una mentalidad pasivamente aceptada». Justo cuando se da la espalda a la mirada de Jesús.

En su Exhortación programática Evangelii gaudium, el Papa Francisco ya daba un No rotundo «a una economía de la exclusión y la inequidad», y no dudaba en afirmar que «esa economía mata. No puede ser –añadía de un modo bien expresivo– que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la Bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad». En definitiva, porque «se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo», de usar y tirar, hasta el punto de que ya no se trata de explotación: los «excluidos no son explotados, sino desechos, sobrantes». ¡Nada más horrendo al reconocer, como no dudó en hacer el Papa ante los Jefes Ejecutivos de la ONU, la dignidad de cada ser humano, «cuya vida es sagrada e inviolable desde su concepción hasta el fin natural»! Cabe, entonces, preguntarse: ¿y el derecho a la vida del no nacido? ¿No es Objetivo del Milenio? ¡Cómo no va a ser radicalmente insuficiente cualquier logro en tales Objetivos si falta la luz de esa Mirada que da la Vida a todo ser humano!