El cardenal Bagnasco abría, el lunes, la Asamblea Plenaria de los obispos italianos con un llamamiento a la «responsabilidad política» de los laicos. Mientras, muchos católicos alemanes se frotaban los ojos, al contemplar, en su país, la situación inversa: los políticos asumían el protagonismo clerical… El domingo se clausuraba el 98 Katholikentag, encuentro de cinco días organizado por el Comité Central de los Católicos Alemanes, junto a la archidiócesis anfitriona de Friburgo. La estrella fue una mujer laica y protestante: la canciller Angela Merkel. Estuvo también el nuevo presidente de la República, el evangélico Joachim Gauck, que expresó su sueño de poder participar, algún día, en una Eucaristía «sin que eso moleste» a ningún católico. A Norbert Lammert, el presidente del Parlamento federal, aunque católico, le parece que hay exceso de «dogmatismo» y «centralismo» en la Iglesia, lo que produce «desánimo en los laicos». Pero la mayoría de intervenciones no tuvo tanta enjundia teológica. La plana mayor de los grandes partidos simplemente aprovechó para presentarse ante el (más bien escaso) público con aspecto desenfadado y mensajes amables. No faltó siquiera La Izquierda (ex comunistas). Su representante llevaba la lección aprendida, y avaló sus tesis anticapitalistas con una cita de san Agustín: «Sin justicia, el Estado es una banda de ladrones».
Sorprende el balance de algunos medios: «Ruptura entre las bases reformistas y la Jerarquía», apuntaba la radio estatal Deutsche Welle, y reproducía la Agencia Efe. Y hubo, es cierto, malestar en las bases, pero fue contra los organizadores, que, junto a mesas redondas de gran interés y actualidad, aprovecharon para colar su agenda ideológica. Fuera subvenciones al Comité Central, dice el lema de una de las protestas, que pide a los obispos dejar de financiar a una organización, a la que el Papa conminó, en septiembre, a dejar a un lado el cansino debate sobre las estructuras eclesiales, y a afrontar el decisivo reto de la «crisis de fe» en Occidente.
Benedicto XVI está lanzando un nítido mensaje a Alemania. «La Iglesia de Jesucristo no es simplemente un grupo de intereses…, una forma de sociedad humana, que podría estar formada y guiada según reglas seculares, políticas», escribió hace unos días, con ocasión del milenario de la catedral de Bamberg. «Cristo es la cabeza y nosotros somos los miembros —reitera en su mensaje al Katholikentag—. No podemos manipular a la Iglesia en su cabeza». Y dirigiéndose a los jóvenes, les anima a concentrarse en lo esencial: a «orientarse hacia Jesucristo» y a fortalecerse «mutuamente en la fe». En la Iglesia. «Como Cristo ama a la Iglesia, amemos nosotros a la Iglesia», les dice. «Porque Cristo se identifica con la Iglesia, Cristo se identifica con nosotros».