A cambio de lo más grande, cualquier visita es pequeña
Los mayores nos transmitieron la fe sin esperar nada a cambio. Pero, aunque lo hicieran gratis, algo podremos hacer por ellos
Algunos tienen nietos, otros no. Pero, aunque sea de forma simbólica, todos son nuestros abuelos. Nuestros mayores vivieron una fe sencilla y auténtica y así nos la transmitieron. Concreta, aterrizada, generosa y con un énfasis diario en que perdonemos aunque nos cueste, en que hablemos con la Virgen ante la dificultad, en que salgamos de nosotros mismos y mantengamos el corazón lo más abierto y limpio posible. Algunos hasta nos enseñaron a limpiar en sentido literal, empezando por nuestro propio cuarto. La generación que nos sacó al parque y nos hizo croquetas —actividades que muchas veces los padres no pueden asumir por falta de conciliación laboral— es valiosísima por un millón de motivos. Uno crucial es que, como los nietos los aman porque se volcaron con ellos, tienden un puente hacia todo lo que les guste. Es decir, si a mi abuela le gusta Sissi Emperatriz y a mi abuelo Antonio Molina, a mí ya me gustan más ambos dos aunque no correspondan a los gustos de mi época.
Esto tan aparentemente simplón no lo es tanto cuando la evangelización se salta una generación y uno debe acudir dos eslabones atrás para escuchar hablar de Cristo. También acerca a muchísimas devociones como el Sagrado Corazón de Jesús, porque lo viste en un costurero o en un retrato en el pueblo.
La pregunta que surge es: si nos han enseñado a amar, ¿cómo se lo vamos a pagar? Lo hicieron gratis, pero quizá queramos hacer algo. Una visita no es un mal comienzo. La Iglesia de Madrid tiene también esta perspectiva y se coordina con todos los recursos a su alrededor —también el centro de salud, la farmacia o incluso un supermercado— para buscar a los ancianos que hayamos perdido de vista y volver a vincularnos con ellos.
Con un matiz adicional: algunos mayores están limitados físicamente, pero otros conservan las energías a pesar de la avanzada edad o están recién jubilados. Todos ellos son los verdaderos protagonistas de las comunidades y aún tienen mucho por hacer.