La eficacia política del amor - Alfa y Omega

Más de un lector, me temo, sonreirá con benévola conmiseración ante la ingenuidad de ese título… ¿Amor en política, dice usted? ¿No es ése un mundo de lobos, del que huirán despavoridas las ovejas para no ser despedazadas? Se da por supuesto que el éxito y la eficacia en cualquier ámbito, y de modo muy especial en el de la política, depende de los ardides que se empleen, con total ausencia de consideraciones morales. Aun para lograr objetivos morales –dirán muchos con clara contradicción– has de prescindir de reparos… morales. He ahí la constante tentación de justificar los medios con la bondad de los fines.

Pero, en todo caso, ser oveja –imagen aquí del movido por el amor– no es razón para dejarles libre el campo a los lobos, aunque enfrentarse con ellos exija aunar la sencillez y la sagacidad atribuidas, respectivamente, a la paloma y a la serpiente (Mt 10, 16). Quienes consideren fuera de lugar, disparatada en suma, la pretensión de actuar en política con el amor como motor y meta, sin duda tienen un pobre concepto de ese amor, como si se tratara simplemente de un ilusorio voluntarismo buenista, de débil sensiblería desasistida de toda virtud, lejos de toda fortaleza psíquica y ética. No, eso no es amor. Aquí hablamos del amor, del que lleva a acometer magnánimamente con tanta prudencia como segura energía, con tanta entrega, como capacidad de aguante, lo que, en cada momento, constituye una exigencia del bien común.

Ya Aristóteles habla del amor político, la politiké filía, la amistad cívica, como aglutinante de la unidad de la comunidad política (polis). Pero del amor en política hay que hablar, más allá, en relación con el fin al que la actividad política, por su propia naturaleza, está orientada. Ese fin no es otro que el bien común. Y, siendo esto así, resulta evidente que la eficacia política ha de medirse por el grado en que se logran los objetivos exigidos por el bien común.

Todo lo cual, en suma, quiere decir que la acción política será precisamente tanto más eficaz, cuanto más clara, pura e intensamente el político, cada político, actúe por amor a ese bien común y no, en absoluto, por cualquier otro presunto bien que sea con éste inconciliable. Por el contrario, quien en el manejo y gestión de los mismos asuntos públicos no obra por amor al bien común, sino que se desvía de éste y tuerce su actuación hacia su propio interés, resultará políticamente tanto más ineficaz cuanto más eficaz le resulte a él su corrupta y corruptora actividad de despreciable gorrón político.

El amor en política, pues, no sólo es necesario para ser políticamente eficaz, sino, sencillamente, esencial, porque sin ese amor, que lo es al bien común, ni siquiera hay verdadera política. No hay justicia. Y sin justicia la actividad política resulta ser, según dura expresión de san Agustín, un gran latrocinio. El amor político, amor al bien común, con el que están esencialmente vinculadas las personas, es, en perspectiva cristiana, verdadera caridad política (Releamos el documento episcopal Los católicos en la vida pública, de 1986).