Instrumento de Tu paz - Alfa y Omega

Instrumento de Tu paz

Alfa y Omega
Juan Pablo II llega a Asís, por segunda vez, en el tren de la paz, en 2002.

«Sólo usted podía conseguir esto»: así le dijo a Juan Pablo II, en la segunda Jornada de oración por la paz en el mundo, el 24 de enero de 2002, el rabino Israel Singer, conmovido por la fuerza humilde, y por ello todopoderosa, del anciano Papa que había reunido en Asís, una vez más, a tantos representantes de las religiones del mundo, en mayor número aún que en el primer Encuentro, del que hoy se cumplen, exactamente, 25 años. Tras su llegada a la ciudad de san Francisco en el tren de la paz, cuya imagen ilustra este comentario, Juan Pablo II les decía: «Gracias por haber aceptado mi invitación, participando, aquí en Asís, en este encuentro de oración por la paz, que trae a la memoria el de 1986, y del que constituye como una significativa prolongación. El objetivo es siempre el mismo, es decir, orar por la paz, la cual es ante todo don de Dios, que hay que implorar con ferviente y confiada insistencia».

Habían pasado tan sólo 4 meses del terrible atentado de Nueva York, que acabó con las Torres Gemelas e hizo temblar al mundo en los inicios del tercer milenio, de ahí que el Santo Padre añadiera: «En los momentos de más intenso temor por el destino del mundo, se siente con mayor fuerza el deber de comprometerse personalmente en la defensa y en la promoción del bien fundamental de la paz». Por eso, Juan Pablo II no dudó en confesar abiertamente a Jesucristo, pues Él, y sólo Él, es nuestra Paz: he aquí el porqué de la conmoción del rabino Singer. Sólo Cristo, efectivamente, podía conseguir esto. Lejos de disgregarse, y menos aún de enfrentarse, ante la Presencia viviente de la Paz misma, ¿cómo no van a congregarse cuantos buscan sinceramente la verdad? Dejar entre paréntesis la plena verdad de Cristo, en busca de «un consenso religioso o una negociación sobre nuestras convicciones de fe» —como dijo el mismo Juan Pablo II en la Jornada de 1986—, ¿qué clase de congregación se hubiera dado? A la vista están los frutos amargos de tales consensos y negociaciones.

En cambio, ya en el saludo de aquella primera Jornada de Oración por la Paz, el Papa no podía ser más claro: «Al final de la Jornada, trataré de expresar lo que esta celebración haya inspirado en mi corazón como creyente en la persona de Jesucristo y como primer servidor de la Iglesia católica». La claridad de su profesión de fe en Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida, no daba lugar a dudas.

Tampoco la de Benedicto XVI ante la jornada de hoy. Ya lo dice el lema: Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz. Sólo en la verdad, ciertamente, puede hallarse esa paz que anhela todo corazón humano y que las fuerzas humanas no logran alcanzar. Por eso hay que suplicarla al Todopoderoso, y disponerse a recibirla, lo cual requiere la humildad de la conversión. Así lo decía Juan Pablo II al saludar a los representantes de las religiones del mundo, el 27 de octubre de 1986, en la basílica de Santa María de los Ángeles, de Asís: «Esta jornada es un día para la oración y para todo aquello que la oración comporta: silencio, peregrinación y ayuno… La oración supone de parte nuestra la conversión del corazón». En su discurso final, el Papa no dudó en «reconocer que los católicos no siempre hemos sido artífices de paz. Para nosotros y, en cierto sentido puede ser que también para todos, este Encuentro de Asís es un acto de penitencia». De nuevo, se explica admirablemente la conmoción del rabino al reiterarse esa humildad todopoderosa del Papa en 2002.

Hoy, el Papa ha querido abrir aún más la convocatoria de Asís, invitando a no creyentes, pero que buscan la verdad, en sintonía con su comentario al Evangelio en la Misa al final de su reciente viaje a Alemania, en el aeropuerto de Friburgo: «Los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios; los que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cerca del reino de Dios que los fieles rutinarios, que ven ya solamente en la Iglesia el sistema, sin que su corazón quede tocado por esto: por la fe».

La fe, la religión verdadera, en efecto, no es irrelevante para la cuestión de la paz y la justicia en el mundo. ¡Todo lo contrario! Más aún que en 2002, tras el terror del 11S de Nueva York, hoy la humanidad, y en particular la vieja Europa, y esta España nuestra, ¿acaso no necesitan de la luz y de la fuerza que, de nuevo, se van a hacer presentes en Asís? Sigue siendo plenamente actual, y más aún si cabe, lo que se decía en estas mismas páginas, al hilo de aquella Jornada de 2002: «La religión, si es auténtica, lejos de fomentar el fanatismo, como pregonan tantos que no pueden conocerla porque no la viven, no sólo es fuente de bienes para el alma, sino que es la verdadera garantía de la mejor política». No hay, ciertamente, mayor poder transformador de la vida, no ya en la intimidad del corazón, sino en la política, la economía y todas las realidades sociales y culturales que la oración de san Francisco: Haz de mí, Señor, instrumento de Tu paz.

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