«Queridos sacerdotes –les decía el Papa Francisco, ya en la primera Misa Crismal de su pontificado, el 28 de marzo de 2013–, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las periferias, allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora». Se hacía eco el Santo Padre, sin duda, del Decreto sobre los sacerdotes del Concilio Vaticano II, que recuerda cómo el don recibido «no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación hasta los confines de la tierra», sencillamente, porque «cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los apóstoles». Así lo dijo el Señor: «Id al mundo entero…» Hoy, el Papa Francisco lo subraya hablando de llegar a las periferias, con ese término tan propio suyo y tan expresivo, y que adquiere una relevancia muy especial en la elección de los nuevos cardenales, que creará este sábado 14 de febrero, prueba bien clara de cómo las periferias han de estar en el centro, en el corazón de la Iglesia, como reza nuestra portada de este número de Alfa y Omega.

En su Exhortación programática, Evangelii gaudium, el Papa reitera una y otra vez, ¡hasta 9 veces!, la llamada del Señor «a llegar a todas las periferias» para anunciar el Evangelio, «en una salida constante hacia las periferias del propio territorio, o hacia los nuevos ámbitos socioculturales». Es la Iglesia en salida, expresión también genuina del Papa Francisco y que define admirablemente la esencia misionera de la Iglesia, en profunda sintonía con su predecesor san Juan Pablo II, de cuya encíclica Redemptoris missio, de 1990, subraya la clara afirmación de que «mantener viva la solicitud por el anuncio a los que están alejados de Cristo es la tarea primordial de la Iglesia». Ya al inicio de la encíclica, evocando el ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!, de san Pablo, el santo Papa no duda en afirmar con el máximo vigor: «En nombre de toda la Iglesia, siento imperioso el deber de repetir este grito. Desde el comienzo de mi pontificado –recuerda–, he tomado la decisión de viajar hasta los últimos confines de la tierra para poner de manifiesto la solicitud misionera; y precisamente el contacto directo con los pueblos que desconocen a Cristo me ha convencido aún más de la urgencia de tal actividad a la cual dedico la presente encíclica». No puede estar más clara la Iglesia en salida, y hasta las últimas periferias.

Tan es así que Juan Pablo II advierte que «los confines de la tierra, a los que debe llegar el Evangelio, se alejan cada vez más: la misión ad gentes –¡llega a decir!– está todavía en los comienzos. Nuevos pueblos comparecen en la escena mundial y también ellos tienen el derecho a recibir el anuncio de la salvación. El crecimiento demográfico del Sur y de Oriente, en países no cristianos, hace aumentar continuamente el número de personas que ignoran la redención de Cristo. Hay que dirigir, pues, la atención misionera hacia aquellas áreas geográficas y aquellos ambientes culturales que han quedado fuera del influjo evangélico». Es esto, exactamente, lo que está llevando a cabo el Papa Francisco, ya desde el comienzo también de su pontificado, y de un modo bien patente con la creación de los nuevos cardenales en el consistorio de este sábado. ¿Y no es, acaso, exactamente lo que hicieron desde el principio los apóstoles? ¡Y en definitiva el mismo Señor Jesucristo!

«Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad»: lo dice el Papa Francisco en Evangelii gaudium, y explica que «esto no sucede sólo porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien –añade– tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca». ¿No lo estamos viendo con una evidencia aplastante? Por el contrario, «el corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres –¡las periferias!–, tanto que hasta Él mismo se hizo pobre», y «esta salvación vino a nosotros a través del de una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia».

Es aquí donde está el secreto de la difusión del Evangelio que Cristo nos pide llevar al mundo entero: la santidad. Si el Evangelio «llegó en breve tiempo a los confines del mundo», escribe Juan Pablo II en Redemptoris missio, fue precisamente por «la santidad de los primeros cristianos y de las primeras comunidades». Hoy no puede ser de otro modo, y en la creación de los nuevos cardenales, su sucesor Francisco está diciendo con los hechos las mismas palabras que añadía el Papa santo:

«Me dirijo a los bautizados de las Iglesias jóvenes. Hoy, sois vosotros la esperanza de nuestra Iglesia: siendo jóvenes en la fe, debéis ser como los primeros cristianos», y así «¡seréis también fermento de espíritu misionero para las Iglesias más antiguas!»