El hospital de campaña más auténtico es la familia. Recuerdo una con diez hijos. En medio del lío ordinario y cotidiano, luchando por cumplir los horarios familiares y no sucumbir ante el caos, estos padres de familia numerosa dan gracias a Dios por estar unidos. Con frecuencia ofrecen testimonios en la parroquia a otras parejas que sufren diversas crisis.

Una de las historias que cuentan se me ha quedado grabada: durante algunos años el marido entró en un torbellino de trabajo y llegaba agotado a casa. Poco a poco fue perdiendo el control y perdía los nervios ante su mujer y sus hijos. Era llegar al hogar y comenzaban los gritos, los malos modales, las asperezas y las amarguras correspondientes de la mujer y los hijos. Pasaron años muy duros. Él cayó en depresión por el excesivo ritmo laboral. Ella rezaba y perseveraba en la paciencia. Sabía que Dios no los abandonaría. El marido, por fin, accedió a una terapia psiquiátrica que le fue sacando poco a poco del pozo en el que se había metido.

Cuando ya estuvo recuperado del todo, y al ver el daño que había infligido a su mujer y a sus hijos, le dijo a ella: «Gracias por haberme esperado». Porque ella podía haber roto con todo y haber puesto fin a esa pesadilla, marchándose sin más. Pero supo esperar. Ahora lo cuentan como si nada, pero la paciencia de la familia los rescató y los hizo felices. Cuando le pregunto a expertos en orientación familiar cuál es el principal problema de los matrimonios hoy en día, me suelen confirmar con frecuencia: «La falta de paciencia». Como dice el Papa Francisco, la paciencia «es una cualidad del Dios de la Alianza que nos convoca a su imitación también dentro de la vida familiar».

José Manuel Horcajo
Párroco de San Ramón Nonato. Madrid