Nuestra débil naturaleza tiende a reducir la verdad cristiana a las doctrinas y dogmas que, de un modo justo, se han ido acuñando con el tiempo. Reducimos el cristianismo a un conjunto de doctrinas y no a algo vivo y, por eso, deja de sorprendernos. Afortunadamente, esa reducción no está a la altura de nuestro corazón, que desea una relación viva. Los discípulos de Jesús no poseían una verdad; tenían delante a un hombre que les poseía, porque eran atraídos por Él.