Tener fe es acoger a Jesucristo y conservarlo como una joya en la memoria del corazón. Allí permanecerá siempre, aunque se nos apaguen los demás recuerdos, con tal de que no le expulsemos. El problema es que, en esta Europa nuestra, hay miles de amnésicos voluntarios: hombres y mujeres que, como los judíos en el Sinaí, han olvidado de pronto lo mucho que Dios significó en sus vidas, y se entretienen con becerros de papel de plata.