Excluidos… por nuestro consumo

«Vivimos a costa de guerras en otros lugares y de la explotación de personas y recursos naturales en otras partes del mundo», escribe el director del director del Secretariado de Migraciones de la Conferencia Episcopal, en el cuarto de una serie de artículos en los que va desgranando las claves del mensaje del Papa para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado

José Luis Pinilla Martin
Foto: AFP/Loic Venance

«Vivimos a costa de guerras en otros lugares y de la explotación de personas y recursos naturales en otras partes del mundo», escribe el director del Secretariado de Migraciones de la Conferencia Episcopal, en el cuarto de una serie de artículos en los que va desgranando las claves del mensaje del Papa para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado

Estamos viviendo por encima de las posibilidades… de los demás. En realidad esta sería una de las conclusiones a las que nos lleva el cuarto epígrafe del lema papal para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado: «No se trata solo de migrantes… Se trata de no excluir a nadie».

Ya lo había dejado escrito Stephan Lessenich (Stuttgart, 1965), sociólogo alemán que trata con frecuencia sobre las desigualdades y los equilibrios de poder. En su libro La sociedad de la externalización (Herder), el expresidente de la Sociedad Alemana de Sociología (2013-2017) y profesor en la Universidad de Múnich nos recuerda con crudeza la incoherencia de la sociedad moderna actual, que fundamenta su bienestar a costa de del «malestar» ajeno. Especialmente de los pobres. Y la necesidad de cambiar ya nuestros hábitos de consumo: Los indicadores de consumo, de energía, de extracción de recursos naturales… indican que vamos a peor, dice. Vivimos a costa de guerras en otros lugares y de la explotación de personas y recursos naturales en otras partes del mundo. Cada vez va a ser más evidente que este estilo de vida no es sostenible.

Y es que, o la sordera social sigue aumentando, o los gritos de los empobrecidos son cada vez más débiles. A no ser que, de vez en cuando –esporádica pero icónicamente–, en una sociedad que ha perdido la capacidad de llorar, según ha dicho el Papa, el llanto ajeno nos llegue desde el chapoteo de voces y brazos en el mar o desde lamentos sedientos en el desierto y toque nuestro corazón, eso sí, muchas veces interferido por los manipuladores mediáticos, las falsas noticias o los oscuros intereses políticos, estratégicos, políticos.

«Para tocar al Dios vivo no hay necesidad de hacer un curso de actualización, sino entrar en las llagas de Jesús, y para ello basta salir a la calle». Así lo pidió el Papa en una oración al dubitativo Tomás el apóstol: «Pidamos a santo Tomás la gracia de tener el coraje para entrar en las llagas de Jesús con nuestra ternura y seguramente tendremos la gracia de adorar al Dios vivo».

Difícilmente tocaremos sus llagas o escucharemos su voz cuando la exclusión sigue avanzando a paso agigantados añadida además, hoy más que nunca, por los cambios climáticos.

Hace unos años, la pobreza era considerada resultado de la escasez. La sociedad estaba poco desarrollada, se carecía de servicios, infraestructuras, medios de producción. Se tenía la idea de que había pobres porque no había bienes suficientes para todos. Se pensaba que el desarrollo de la sociedad iría eliminando poco a poco la pobreza. Sin embargo, no ha sido así. ¿Por qué? Porque el progreso que se ha promovido no ha estado orientado a resolver los problemas de todos. Al contrario, el desarrollo actual va logrando un nivel de vida cada vez mejor para unos sectores, pero a costa de excluir y marginar a otra parte de la población. A nivel mundial, las grandes potencias (Europa, EE. UU. China y Japón) aumentan su nivel de vida a base de marginar cada vez más a los países empobrecidos. En Europa, por ejemplo, se ha tomado la decisión de desarrollar un sistema económico que asegurará el bienestar cada vez mayor de unos dos tercios de la población, mientras el otro tercio quedará descolgado o excluido. Unos 113 millones de europeos están en riesgo de pobreza o exclusión social. Son personas con ingresos un 60 % inferior a la media del estado en el que viven y que sólo pueden permitirse comer caliente uno de cada dos días, según datos recientes de Eurostat, la Agencia Europea de Estadística.

Hay para todos

En nuestro contexto actual, la pobreza no es fruto de la escasez. En la sociedad moderna hay medios sobrados para satisfacer las necesidades de todos. Si se comparte, hay para todos. La pobreza actual es el resultado de un determinado tipo de desarrollo basado en el feroz, compulsivo y aditivo consumismo. Y sin darnos cuenta los pobres van siendo, cada vez más, un “producto calculado” del sistema. Se acepta como algo normal e inevitable que el desarrollo y el bienestar de un sector de la población traiga consigo la exclusión de otro sector. Los pobres son el sector que ha de ser sacrificado.

Una vez más, la línea de fondo papal sobre migraciones recoge el icono de este sector y su realidad para ampliar el foco (¡no se trata solo de migrantes!) y apuntar a la realidad global «envolvente» que produce descartes y periferias que hacen «desaparecer» a los hermanos. De tal manera que el grito de Dios a Cain, «¿Dónde está tu hermano?», se reproduce –para quien quiera oírlo–  miles de veces en los miles de voces y gritos removedores de conciencias, para algunos ensordecedores.

No es casual que el Papa recoja esta pregunta bíblica en su Mensaje de 2019 reafirmando su visión con frases como esta: «El mundo actual es cada día más elitista y cruel con los excluidos. Los países en vías de desarrollo siguen agotando sus mejores recursos naturales y humanos en beneficio de unos pocos mercados privilegiados». No es extraño que esos «pocos» afectados le sigan atacando.

La lotería del nacimiento

Estamos ante la asimetría de posibilidades. Los migrantes vienen por las enormes diferencias de ingresos o porque ya no puede vivir de la tierra que trabajaba. Nuestro estatus solo es posible aquí porque hay otros estatus diferentes en otras partes del mundo. No hay más que fijarse en la esperanza de vida y lo desigual que es según donde uno haya nacido: en Europa y América del Norte, la media es de 73 años. En África, de 55 años. Es la lotería del lugar de nacimiento. De manera exagerada diríamos que un africano solo con poner un pie en Europa ha aumentado casi 20 años más sus posibilidades de vivir.

Y mientras tanto seguimos creyendo que la migración es un problema principalmente de control de fronteras. ¡Como si estas no se pudieran externalizar a los países de origen! Olvidamos que es la pobreza quien obliga a salir. O la violación de derechos humanos, o el cambio climático… Y  nos olvidamos también que nuestro sistema de vida (consumir a costa de otros) supone ir hacia atrás. Porque en la sociedad moderna hay medios sobrados para satisfacer las necesidades de todos… si se comparte. Hay para todos.

La pobreza actual es el resultado de un determinado tipo de desarrollo. Los pobres son, cada vez más, un «producto calculado» del sistema. Se acepta como algo normal e inevitable que el desarrollo y el bienestar de un sector de la población traiga consigo la exclusión de otro sector. Los pobres son el sector que ha de ser sacrificado. Excluido.

Mi pregunta final para este artículo. ¿Estamos viviendo «a costa» de las posibilidades… de los demás?

José Luis Pinilla Martin S.J.
Director de la Comisión Episcopal de Migraciones


Un programa de actuación para toda la Iglesia

El Mensaje del Papa para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2019 constituye todo un programa de acción para la Iglesia. Desde la Comisión de Migraciones de la Conferencia Episcopal se han ido desgranado para Alfa y Omega sus claves en una serie de siete artículos.

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