Pocas cosas provocan tanto sufrimiento y angustia como ver a un hijo padecer una enfermedad grave. El resto de problemas pasa a un segundo plano, casi pierden su importancia. El corazón del hombre no alcanza a comprender por qué esas criaturas tan inocentes tienen que pasar por algo así.

Por su estatura, el niño que está en la foto no debe de tener más de 4 o 5 años. Está enfermo, algo grave porque viene en camilla directamente desde el hospital. Está atado, para no caerse durante su traslado por el empedrado de San Pedro, adonde le han llevado sus padres para venerar las reliquias del padre Pío. Lo han arropado con mantas y abrigado bien con un gorro y una capucha encima. El frío puede complicar su estado de salud, pero es un riesgo que sus padres asumen porque lo que buscan es algo que no da la medicina.

El Papa se ha detenido con ellos, sin duda conmovido por el dolor que padece el pequeño. Ha impuesto su mano sobre la cara del niño, tapando los rayos del sol, pero pidiendo para él rayos de Gracia al Señor. Francisco reza, cierra los ojos y frunce el ceño con ternura, un gesto que demuestra que ruega con fuerza. El bullicio no le distrae. Están solos él, el niño y Dios. Ni se percata del padre, acompañando en la oración con sus manos entrelazadas, sonriente y sin quitar la vista de su hijo. Los flashes tampoco le molestan. El fotógrafo encorbatado captura el momento para que nosotros ahora podamos mirarlo. Pero más importante es la foto que hace la madre con su móvil. Ese será un recuerdo imborrable. Contemplarán la imagen y recordarán los sentimientos de este día, la fuerza que han recibido, la paz que han encontrado.

«A veces se reza para estar bien como si se tomara una aspirina, pero la oración es otra cosa», dijo Francisco en la audiencia anterior. Bien lo sabe esa familia que sufre y que se apoya en la oración. El pequeño recibe la medicina por vena, no pueden retirársela, pero en el palo que sujeta la bolsa médica hay más. Un rosario de plástico, una cruz de madera y una medalla de trapo con la Virgen María y el padre Pío. Es el suero del alma, que tampoco pueden retirar, porque los sostiene, los consuela y les invita a esperar –con la sonrisa del padre– la misericordia de Dios.

Pedro J. Rabadán