Todavía pululan por las calles, los parques, los comercios, los verdaderos walking dead, que son los drogodependientes. Un día me encontré enfrente de la parroquia con dos drogatas que me gritaban. Una experiencia nada agradable. El miedo comienza a subirte desde la boca del estómago y parece que se encoge en el corazón, que comienza a palpitar furiosamente. Mientras yo, pálido, intentaba aparentar calma, uno de ellos me saludó: «¡Padre!». Me contó con toda paz que venía de Sevilla y ayer había robado una bicicleta. Le habían pillado y afrontaba un juicio inminente. Ahora se iba a vender cosillas, no robadas, según decía él. Me contó que Dios era su amigo. Lo conoció en la cárcel. Él había sido siempre un gritón y pasaba de Dios, como de todo lo demás. Pero estando en el patio de la prisión, se le acercó un hombre y le inició en el conocimiento del Señor. Trabaron amistad y aprendió a orar. Desde entonces rezaba y sabía que Dios perdonaba.

Pero claro, aquello no era un convento de carmelitas, y un día, en una trifulca, un tipo cuadrado dijo que le iba a matar. Se pasó la noche asustado. Pero se dijo: «Necio, invoca a Dios». Y así lo hizo. Al día siguiente, sin miedo, confiando en su Dios, se acercó al grandullón y le dijo: «¿Me quieres pegar?». El otro le dijo: «Anda, toma un cigarrillo y dejamos la cuestión». De forma así de simple se hicieron amigos y el gritón se volvió un gran creyente. Y esto me lo contaba mientras yo había dejado de temblar, pues ya no veía una amenaza sino un hombre sencillo alabando a Dios. En pocos minutos, el párroco fue catequizado por un drogata. El que tenía que anunciar el amor de Dios a los pobres drogadictos se había convertido en un oyente asombrado del paso del Señor por la cárcel. El pastor es también oveja.

José Manuel Horcajo
Párroco de san Ramón Nonato. Madrid