El Bien común - Alfa y Omega

El Bien común

Alfa y Omega

«Quisiera referirme a la responsabilidad social, que requiere un cierto tipo de paradigma cultural y, en consecuencia, de la política. Somos responsables de la formación de las nuevas generaciones, de ayudarlas a ser capaces en la economía y la política, y firmes en los valores éticos. El futuro exige hoy la tarea de rehabilitar la política, que es una de las formas más altas de la caridad»: son palabras del Papa Francisco, en su encuentro con los dirigentes de Brasil, el pasado mes de julio, durante la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro. Conviene tenerlas muy presentes, a la hora de abordar la acción política, cuya única justa razón de ser no es otra que el bien común, concepto que la doctrina social de la Iglesia no ha dejado de proclamar, justamente en defensa del hombre, y de todos los hombres, y que requiere una correcta comprensión. Así lo expresó el Beato Papa Juan XXIII, en su encíclica Mater et magistra, de 1961, y lo repitió en la Pacem in terrris, de 1963: «Se requiere que los gobernantes profesen un sano concepto del bien común». Lo explicó con toda claridad y sencillez afirmando que «abarca todo un conjunto de condiciones sociales que permitan a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección».

He ahí el camino de la verdadera rehabilitación de la política. El Papa Francisco lo subrayó en Brasil, y concretó, en su discurso a la clase dirigente, que «el futuro nos exige una visión humanista». No hay política ni economía neutras; siempre responden a una determinada visión de lo que es el ser humano. Y si no se reconoce la dignidad de todo ser humano, desde la concepción hasta su muerte natural, porque es imagen de Dios y llamado a la plenitud de la vida eterna, toda política y toda economía se reduce, con mayor o menor disimulo, al comamos y bebamos, que mañana moriremos. Y, al final, ni siquiera quedan la comida y la bebida. En su encíclica social, Caritas in veritate, el Papa Benedicto XVI lo decía con toda claridad: «La ganancia es útil si, como medio, se orienta a un fin que le dé un sentido, tanto en el modo de adquirirla como de utilizarla. El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza». Y bien a la vista está.

Se habla de crisis económica, muy profunda… Sí, en la profundidad, porque la crisis en realidad no es económica: es crisis del profundo sentido de la vida, «profunda crisis de fe», dijo el mismo Benedicto XVI en su Carta convocando al Año de la fe. Bien podemos decir, por tanto, que se trata de una crisis política, si olvidamos que es una de las formas más altas de la caridad.

En la actual situación de España, no cabe duda de que todo partido político, y no es irrelevante su condición de partido nacional, no puede menos que tener una visión del hombre, y la crisis ciertamente no se resolverá, más aún, se agudizará, si tal visión es puramente economicista y materialista. Hablando del socialismo radical y materialista, que conocía como nadie, habiéndolo sufrido en propia carne, el Beato Papa Juan Pablo II, en la encíclica Centesimus annus, de 1991, no duda en afirmar que su «error fundamental es de carácter antropológico. Efectivamente, considera a todo hombre como un simple elemento y una molécula del organismo social, de manera que el bien del individuo se subordina al funcionamiento del mecanismo económico-social»; más adelante, recuerda que «una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de Derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana». Si falta esta base, la gravedad del daño que sufre lo más decisivo de una sociedad que merezca mínimamente el apelativo de humana: la familia, la educación, los medios de comunicación…, no puede ser mayor. «Reduce al hombre, más todavía, amenaza su humanidad», como dijo Benedicto XVI, en su visita a Alemania de 2011, en su discurso del Bundestag, a lo que añadió: «La razón positivista, que se presenta de modo exclusivo y que no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional, se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo». Es necesario, en definitiva, fijar la mirada en el verdadero Bien común.