El otro día me tocó esperar un rato largo en la estación de autobuses. Me gusta aprovechar estas ocasiones de espera para mirar los rostros de las personas que pasan y bendecirlas interiormente en sus historias que no conozco, en sus deseos y en sus temores escondidos.

Algunos van acelerados, tirando de sus maletas y mirando el reloj. Son la viva estampa de un mundo que corre sin parar de un lado a otro, sin tiempo para detenerse y contemplar. En contraste, siempre hay alguna pareja despidiéndose. Se besan, y se ríen, y solo tienen ojos el uno para el otro; no ven nada más. Hacen lo imposible por detener el tiempo. Pero siempre llega el último segundo para decirse adiós. Tal vez se vean el próximo fin de semana, pero es como si no se fueran a ver en años.

Están también los pobres que deambulan de un sitio a otro y se acercan insistentes a pedir porque solo les faltan cinco euros para el billete. Estos son fijos. Como dijo Jesús, siempre los tendremos con nosotros. Están acostumbrados a que se les rehúya la mirada, a que se les niegue lo que piden. Van con el «no» por delante; pero a veces hay suerte.

Los más numerosos son los que van hablando por el móvil. Compran su billete y se montan en el autobús sin interrumpir la conversación. Nadie se les puede acercar. Están ocupados, lejos de allí. Están ausentes.

De pronto aparece en escena una mujer de mediana edad que sale de una tienda con una bolsa en la mano. La veo que se acerca muy decidida a un banco donde un pobre está durmiendo, tendido cuan largo es. Ella le toca suavemente el hombro y le dice: «Anda, levántate, que ya es hora, y come estos plátanos». Le coloca la bolsa a la cabecera de la cama improvisada. El hombre, sin gana alguna de despertar al nuevo día que le espera, hace ademán de darse media vuelta y seguir durmiendo. La señora, con paciencia, le vuelve a tocar: «Venga, guapo, levántate y come».

Me recuerda el pasaje del ángel que se acerca al profeta Elías y le dice: «Levántate y come, que el camino es superior a tus fuerzas». Doy gracias por ser testigo de un milagro. El pobre se levanta y come los plátanos, el ángel se va. Y yo sigo bendiciendo.

Irene Guerrero
Monasterio de San José. Carmelitas Descalzas de Toro (Zamora)