La actividad ordinaria de las parroquias genera un impacto económico de 1.386 millones de euros, cinco veces más de lo recaudado por la Iglesia vía IRPF

La Conferencia Episcopal presenta este viernes la Memoria anual de actividades de la Iglesia, y Fernando Giménez Barriocanal, el vicesecretario general para Asuntos Económicos, ha advertido de que «a más de uno le va a sorprender». Son «muchos», asegura, «los millones de personas que están acudiendo permanentemente» a los más de 9.000 centros asistenciales de la Iglesia en España. Para todas esas personas la crisis «no ha pasado». Y es probable que en algunos casos no lo haga nunca, debido a un sistema económico que crea bolsas de pobreza permanentes y cronificadas, como ha denunciado el Papa.

Sin pretender tapar carencias que le corresponde a la Administración solucionar, la Iglesia ofrece una contribución muy destacada a la solución de estos problemas. Es justo reconocer este servicio al bien común que presta ayuda a todos sin discriminar a nadie por ninguna causa. Y a la inversa, existe un deber de transparencia tanto hacia quienes sostienen esta labor con su dinero o con su trabajo voluntario, como hacia el Estado que, en un sano ejercicio de subsidiariedad democrática, pone los medios para que aquel contribuyente que lo desee pueda destinar a la Iglesia el 0,7 % de su Declaración de la Renta, sin que ello le impida aparte destinar otro 0,7 a otros fines de interés social.

El grueso de esa cantidad (más del 80 %) se destina a financiar la actividad ordinaria de las diócesis y parroquias. De ahí que el último análisis de impacto económico, anticipo de la memoria, cuantifique la repercusión en la economía de esa actividad, en la que se incluyen las 6.000 Cáritas parroquiales. La cifra total asciende a 1.386 millones de euros, cinco veces más de lo recaudado por la Iglesia vía IRPF. Quedan excluidos el impacto de los bienes de interés cultural de la Iglesia (el 3 % del PIB español, según un estudio de 2016) o las obras de las congregaciones religiosas, que a través de sus centros educativos emplean a más de 100.000 personas. Y quedan fuera incontables beneficios espirituales y personales que, aunque no se puedan medir, contribuyen decisivamente a mejorar la sociedad. Se trata de aproximaciones imperfectas, pero que muestran que España es un país mejor gracias a la presencia de la Iglesia.

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