La pregunta es si habrá vuelta atrás una vez que los avances científicos y tecnológicos abran ciertas cajas de Pandora

Si el progreso se propone mejorar la calidad de vida de las personas, el objetivo del transhumanismo es transformar al propio ser humano. En un nivel teórico, las diferencias son cristalinas. En la práctica, sin embargo, las líneas fronterizas se difuminan. ¿Quién podría argumentar contra la implantación de un marcapasos o de una extremidad biónica tras la amputación de un miembro? ¿Y contra el consumo de determinados productos que, de forma saludable, proporcionan mayor vitalidad y capacidad de memoria y atención? Hipotéticamente, ¿cómo negarse a futuros medicamentos regeneradores del organismo que permitieran una mejora sustancial de la esperanza y la calidad de vida?

¿Pero y si una élite mundial se sirviera de los nuevos avances científicos y tecnológicos para implementar alienantes formas de control sobre el resto de la humanidad, pongamos, en sociedades que previamente han aceptado la implantación en el organismo humano de chips capaces de conectar cerebros y máquinas? Entramos en el terreno de la ciencia ficción. En otros supuestos, sin embargo, el transhumanismo es ya un viejo conocido: ¿es lícito eliminar a los embriones humanos más débiles –los síndrome de Down, los propensos a determinadas enfermedades…– o a aquellos que simplemente presentan alguna característica no deseada, como un sexo determinado o un labio leporino?

Crutzen y Stoermer acuñaron a comienzos de siglo el término Antropoceno para referirse a una nueva era geológica en la que la actividad humana ha alterado sustancialmente el ecosistema terrestre. El hombre, como Prometeo, ha robado el fuego del Olimpo y tiene hoy a su alcance el control de la evolución de las especies naturales, incluyendo la suya propia, que por cierto, de algún modo hace tiempo que abandonó la realidad natural para instalarse a vivir en otra de tipo mucho más virtual, creada por él mismo. La cuestión es cómo va a utilizar ese formidable poder. A nivel teórico, existe un amplio consenso sobre la necesidad de controles con criterios éticos y democráticos para someter los avances de la ciencia al interés general y evitar sus efectos más deshumanizadores. En la práctica, sin embargo, hay en contra enormes intereses de tipo económico y político. La pregunta es si habrá vuelta atrás una vez se abran ciertas cajas de Pandora.

Alfa y Omega