Queridos diocesanos:
Es para mí una alegría escribiros estas líneas ante la próxima visita del Santo Padre León XIV. Aunque su viaje apostólico le llevará a Madrid, Barcelona y Canarias, no hemos de pensar que esta visita concierne solo a quienes podrán verle de cerca en esos lugares. El Papa visita a algunos, pero en verdad nos visita a todos. También a nosotros. También a esta Iglesia diocesana de San Sebastián que peregrina en Guipúzcoa con sus alegrías y cansancios, con sus búsquedas, con su fe sencilla y su deseo de servir.
Quisiera deciros, ante todo, que esta visita es un regalo. Un verdadero regalo de Dios para la Iglesia que peregrina también en nuestro territorio. No es solo un acontecimiento importante. No es solo una cita señalada. Es una gracia. Es una llamada, una oportunidad para dejarnos visitar interiormente por el Señor. Porque, a veces, sin darnos cuenta, la vida se nos va llenando de prisas, cansancios, preocupaciones, y también la fe puede perder empuje, frescura y hondura. Por eso, cuando el Sucesor de Pedro viene a encontrarse con nosotros, algo se despierta dentro: la memoria viva de que la Iglesia no camina sola, de que el Señor sigue sosteniéndola y de que el Espíritu continúa abriendo caminos nuevos.
El lema de esta visita, ¡Alzad la mirada!, es realmente hermoso y oportuno. Tiene algo de llamada del Evangelio, algo de palabra que viene de Dios para este momento concreto, algo de aire nuevo que nos invita a henchir y llenar los pulmones. Quizá vivimos mirando demasiado a ras de suelo: pendientes de lo inmediato, atrapados por las dificultades, heridos por tantas cosas que vemos y escuchamos, cansados de tensiones, divisiones e incertidumbres. Miramos mucho lo que falta, lo que no sale, lo que duele, lo que nos preocupa. Y así, casi sin advertirlo, el corazón se nos va como encogiendo y sentimos como que la vida nos ahoga.
Por eso necesitamos escuchar siempre, renovadamente, esa invitación: «¡Alzad la mirada!». Sí, levantemos los ojos. No nos quedemos prisioneros de lo inmediato. No nos dejemos vencer nunca por el desaliento. No pensemos que todo acaba en lo que hoy pesa o entristece. Alzar la mirada es volver a respirar por dentro. Es recuperar horizontes. Es recordar que Dios sigue siendo Dios, que Cristo resucitado vive, que nunca abandona a su pueblo y que su gracia continúa actuando silenciosamente en la historia, también en medio de nuestras fragilidades.
Alzar la mirada es, ante todo, volver a poner a Cristo en el centro. No una idea abstracta, no una costumbre religiosa vacía, sino a Jesucristo vivo. Aquel que vino a compartir nuestra condición, a hacerse uno de nosotros, a caminar con nosotros y por nosotros. Aquel que el Padre ha levantado y glorificado. Mirar a lo alto no nos aleja de la tierra: nos ayuda a descubrir mejor quién es Él y quiénes somos nosotros a la luz de su amor.
Alzar la mirada es también redescubrir la belleza de la Iglesia. A veces la miramos solo desde sus límites, sus debilidades o sus problemas. Pero la Iglesia es mucho más que eso. Es el pueblo de Dios llamado y reunido por el Señor. Es una comunión viva de hermanos y comunidades. Es una familia extendida por el mundo entero. Y en cada Iglesia particular acontece verdaderamente la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Por eso la visita del Papa tiene un significado tan hondo: nos recuerda que no somos una realidad aislada, ni autosuficiente, ni cerrada sobre sí misma. Somos Iglesia en comunión con Pedro y, por medio de él, en comunión con todas las Iglesias. Pedro hoy se llama León. Es el obispo de Roma, la Iglesia madre que preside todas las Iglesias en la caridad. Y esa comunión no es un mero sentimiento. Es una realidad visible, concreta, sacramental. Y vivirla con alegría forma parte de nuestra identidad más profunda. ¡Qué bello será oír cómo Pedro nos habla por boca de León!
La visita de León XIV nos ayudará también a tomar mayor conciencia de que las Iglesias que peregrinan en una misma tierra están llamadas a caminar juntas, a discernir juntas, a servir juntas y a afrontar juntas los desafíos de la evangelización.
Ninguna diócesis ni ninguna comunidad cristiana vive para sí misma. Todas estamos llamadas a la comunión y a la corresponsabilidad. Es importante caer en la cuenta de esto. Esta visita del Papa puede ser una ocasión hermosa para crecer en una conciencia eclesial más amplia, más católica, más agradecida, más fraterna.
Pero alzar la mirada no solo tiene que ver con la comunión. Tiene que ver también con la misión. El Papa viene a confirmarnos en la fe, sí; pero esa confirmación no es para que nos instalemos o nos quedemos cerrados en nosotros mismos, sino para que despertemos. La Iglesia nace del acontecimiento pascual y del envío misionero. La Iglesia existe para evangelizar. Existe para anunciar al mundo la alegría del Evangelio. Existe para anunciar a Cristo en medio del mundo, con humildad, con cercanía, con verdad y con amor.
Y quizá esta visita sea una llamada providencial a renovar ese impulso evangelizador entre nosotros. No vivimos tiempos fáciles para la fe. Hay indiferencia, tal vez desorientación, cansancio, fragmentación interior. Hay muchas personas que viven como si Dios no contara, y otras que quisieran creer, pero no encuentran caminos. Hay jóvenes que buscan sentido, familias que atraviesan pruebas, ancianos que viven la soledad, pobres que necesitan pan y dignidad, hombres y mujeres que llevan dentro heridas silenciosas. Ante todo ello, la Iglesia no puede replegarse. Está llamada a salir, a acompañar, a escuchar, a proponer, a sembrar esperanza.
Por eso esta visita no debe ser para nosotros únicamente motivo de emoción, sino también ha de servirnos de interpelación, de cierto examen interior. ¿Dónde está hoy nuestra mirada? ¿Qué ocupa nuestro corazón? ¿Qué horizonte ofrecemos? ¿Somos testigos de esperanza o transmisores de cansancio? ¿Somos una Iglesia que invita, que acoge, que acompaña, que contagia la alegría del Evangelio? ¿O nos hemos dejado vencer por la rutina, por la queja o la resignación?
El Santo Padre León XIV ha insistido desde el comienzo de su ministerio en dos grandes llamadas que hoy resultan particularmente urgentes: la unidad en la Iglesia y la paz en el mundo. Cuánto necesitamos ambas. Necesitamos unidad, no uniformidad; comunión, no enfrentamiento; capacidad de reconocernos hermanos por encima de sensibilidades, acentos o diferencias. Y necesitamos paz. Paz verdadera. Paz del corazón. Paz entre pueblos y naciones. Paz en las familias. Paz en nuestras relaciones. Paz social. Paz nacida de Dios y no solo del equilibrio de fuerzas. Alzar la mirada también es tomar conciencia de que cada uno estamos llamados a ser «artesanos de paz» y a comprometernos, desde lo más pequeño y sencillo, con esa paz «desarmada y desarmante».
Vivimos en un momento en el que la violencia, la desconfianza y la polarización parecen crecer con facilidad. Por eso necesitamos escuchar con hondura ese mensaje que el Papa traerá, sin duda, en sus labios y en su corazón: «¡La paz esté con vosotros!». No una paz superficial ni ingenua, sino esa paz de Cristo que desarma por dentro, que reconcilia, que sostiene, que abre caminos, que no humilla y que no excluye.
Y junto a la paz, una llamada a recuperar la inocencia y a la confianza. Quizá uno de los males más profundos de nuestro tiempo sea la desconfianza: desconfianza mutua, desconfianza social, desconfianza ante el futuro, incluso desconfianza interior. Nos cuesta creer con un corazón limpio y sencillo, creer en el otro, creer en proyectos comunes, creer que es posible construir muchas cosas juntos. La visita del Papa puede ayudarnos a redescubrir precisamente eso: que estamos llamados a formar un «nosotros» más fuerte, aunque siempre abierto, que nadie se salva solo, que el bien común merece nuestro compromiso, que una sociedad necesita vínculos, responsabilidad compartida y un corazón dispuesto a mirar más allá del propio interés.
Por todo ello, os invito a preparar esta visita espiritualmente. Preparémosla con la oración humilde y sincera. Oremos por el Papa León XIV, por su persona, por su ministerio, por su fortaleza y por sus intenciones. Oremos por los frutos espirituales y pastorales de este viaje apostólico. Oremos por quienes lo han preparado. Oremos por nuestra diócesis y por nuestra gente, para que sepamos acoger este momento con un corazón abierto, humilde y disponible.
Preparémosla también con una actitud sincera de conversión. Tal vez sea este un buen momento para preguntarnos con verdad: ¿hacia dónde estoy mirando? ¿Qué me impide levantar los ojos? ¿Qué miedo, qué herida, qué cansancio, qué pecado me tiene retenido? ¿A qué me invita el Señor hoy? Hay visitas de Dios que pasan de largo cuando el corazón está distraído. Y hay otras que dejan una huella profunda cuando uno se dispone a acogerlas.
Preparémosla, además, como comunidad creyente. Sería hermoso que en nuestras parroquias, comunidades, colegios y familias hubiera momentos de oración, de catequesis, de adoración y de reflexión para vivir esta visita en clave verdaderamente eclesial. Que nadie piense que esto es para otros. Que nadie se quede al margen. Todos estamos invitados. Todos podemos participar espiritualmente.
Todos podemos recibir un fruto. Y no olvidemos que alzar la mirada no nos aparta de la tierra ni de los hermanos. Al contrario. Quien mira de verdad a Dios aprende a mirar mejor al prójimo. Aprende a reconocer el sufrimiento ajeno. Aprende a inclinarse con misericordia. Aprende a servir. La Eucaristía, corazón de la Iglesia, nos enseña precisamente eso: Cristo se nos da para que aprendamos a darnos. No hay mirada alta que no desemboque en caridad concreta. No hay contemplación verdadera sin amor efectivo al pobre, al débil, al que sufre, al migrante, al solo, al descartado.
Queridos diocesanos: ¡alcemos la mirada! Alcémosla hacia Cristo, que es nuestra paz. Alcemos la mirada hacia la Iglesia, que es nuestra casa y nuestra madre. Alcémosla hacia los hermanos, especialmente hacia quienes más necesitan consuelo y cercanía. Alcémosla hacia este mundo nuestro, que sigue necesitando testigos de esperanza. Alcémosla con fe, con disponibilidad y con alegría ante esta visita del Sucesor de Pedro.
Que el paso del Papa León XIV por Madrid, Barcelona y Canarias deje también en nosotros, diocesanos de Guipúzcoa, un renovado amor a Jesucristo, una comunión más viva con la Iglesia, un mayor compromiso con la paz, una esperanza más firme y un nuevo impulso para la misión. Que el Señor os bendiga siempre.
En San Sebastián, a 1 de mayo de 2026
Fernando Prado Ayuso
Obispo de San Sebastián