Paseando Unamuno por un paraje, se acercó a un pozo y gritó con todas sus fuerzas: ¡Yo! Durante unos segundos, ese ¡Yo! fue resonando y repitiéndose, mientras chocaba con las paredes del pozo. No era el grito de un loco o de un soberbio redomado, sino el de una persona que se resistía a admitir que todo terminaba con la muerte. ¡Era un grito de inmortalidad, el grito de quien quiere vivir para siempre!
Todos llevamos dentro un unamuno. En el hondón del pozo de nuestro ser hay un grito que clama por la realidad más profunda y verdadera de lo que somos: criaturas hechas por Dios a su imagen, y, por eso, inmortales. Los cristianos experimentamos, como los demás hombres, el enigma de la muerte, y podemos sufrir un gran desconcierto ante la muerte de una persona querida o de un inocente. Sin embargo, la fe en Jesucristo convierte este enigma en una certeza gozosa: para nosotros, la muerte es el final de la etapa terrena de nuestra vida, pero no es el final definitivo.
La muerte es el paso a la plenitud de la vida verdadera. Nuestra fe está tan persuadida de ello, que al día en que morimos lo llama dies natalis, día del nacimiento para el cielo, donde ya no habrá más muerte, ni luto, ni dolor, ni preocupaciones, porque todo esto habrá pasado. La convicción de que la muerte es la prolongación del acontecimiento de la vida, es tan fuerte, que la Iglesia canta así el día de nuestro entierro: La vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina; se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.
Cuando estos días vayamos al cementerio, no dejemos de hacer un acto de profunda comunión con nuestros seres queridos, sabedores de que siguen vivos y nos están esperando. Nuestro encuentro será total el día en que Jesucristo venga de nuevo, al final de los tiempos, para que nuestros cuerpos vuelvan a la vida, y que lo que fue depositado en corrupción se convierta en cuerpo sin corrupción y glorioso.
Quien dijo que la muerte del cristiano es la luz que ilumina todo su caminar terreno y da sentido a su trabajo, a su dolor y a sus compromisos a favor de todo lo bueno y lo noble de la vida, expresó una enorme verdad. Porque sólo a la luz de la meta se esclarece el sentido que tienen las etapas.