«Cuando llegó el ébola, tuvimos que rechazar a los enfermos graves»

El director del hospital San Juan de Dios en Lunsar (Sierra Leona), donde trabajaba el español Manuel García Viejo, tomó decisiones muy difíciles ante la irrupción del ébola

María Martínez López
El hermano Michael (izquierda) con un profesional sanitario del hospital de la Orden de San Juan de Dios en Lunsar. Foto: Fundación Juan Ciudad

El director del hospital San Juan de Dios en Lunsar (Sierra Leona), donde trabajaba el español Manuel García Viejo, tomó decisiones muy difíciles ante la irrupción del ébola. Las ha compartido en el I Congreso Mundial de Bioética de la Orden Hospitalaria

Iba a ser un traslado rutinario. El hermano de San Juan de Dios Michael Koroma volvió de Ghana a su país en junio de 2014 para dirigir el hospital de la congregación en Lunsar. Pero para el hermano, enfermero y experto en gestión hospitalaria, fue el comienzo de uno de los mayores desafíos de su vida. Sierra Leona se enfrentaba a los primeros casos de una epidemia de ébola que en dos años dejó 11.000 muertos en África Occidental. A su llegada –recuerda–, la epidemia era todavía solo un rumor y «el personal sanitario era muy ingenuo. No veía el peligro de que algún paciente pudiera estar contagiado».

Sorprendido y alarmado, empezó a preparar protocolos y a poner todos los –pocos– medios que tenían para evitar en lo posible los contagios. Fue clave la ayuda de sus hermanos de congregación en España, a los que pidió equipamiento para la prevención. «En agosto cerramos el hospital para desinfectarlo bien. Reabrimos en septiembre. Fue entonces cuando se contagió el hermano Manuel García Viejo», el director médico, que falleció en nuestro país. Un trabajador del hospital se había infectado, y la enfermedad pasó al religioso español mientras le trataba. La congregación decidió cerrar el centro para romper la cadena de contagios.

«Era un riesgo, pero lo asumimos»

Los médicos y enfermeros no se quedaron de brazos cruzados. Además de visitar las comunidades cercanas informando sobre cómo actuar ante la epidemia, «creamos un centro de tránsito para hacer análisis a gente enferma, que temía ir al hospital público porque cualquier enfermo era sospechoso de tener ébola. Los trataban con mucha crueldad». Solo derivaban al centro especializado a los que realmente sufrían la temida fiebre hemorrágica. Esta situación duró cuatro meses. El hermano Michael y sus compañeros no tardaron en darse cuenta de que, por intentar frenar la epidemia, «la gente estaba muriendo de otras enfermedades». En enero, reabrieron el hospital para tratar a quien no tuviera ébola.

«Era un riesgo alto, pero lo asumimos. Al llegar alguien, estudiábamos su cuadro clínico, le hacíamos preguntas. Pero sin explorarle en profundidad, porque no teníamos medios suficientes. Si sospechábamos que tenía ébola, le aislábamos inmediatamente y lo llevábamos al centro especializado. Éramos muy estrictos con este protocolo. Si alguien cometía un solo error se jugaba el despido», narra. Había demasiado en juego. Al mismo tiempo, los médicos hablaban dos veces al día por la radio y viajaban con una clínica móvil para restablecer la confianza de la población. Era clave explicar las razones del examen al llegar al hospital, porque «la gente seguía con miedo a que los enviáramos al centro de ébola. Tomaban paracetamol para que les bajara la fiebre» pensando que así pasarían la prueba.

En ese tiempo, el hermano Michael tuvo que tomar una de las decisiones más difíciles para él: no aceptar pacientes muy graves. Sin equipo para descartar totalmente el ébola en enfermos con los que se tenía un contacto mucho más frecuente y estrecho, «si estaban infectados, para cuando nos diéramos cuenta lo estaríamos nosotros también», con el consiguiente riesgo para los demás pacientes. «Los derivábamos al hospital público. Ahí no actuábamos en interés del paciente, no era lo óptimo y va en contra de nuestros valores –reconoce–. Pero creo que era lo que había que hacer».

Esta semana, el religioso ha explicado su experiencia en el I Congreso Mundial de Bioética, que concluye este jueves en El Escorial. «Esperaba compartir algunas de esas decisiones que tomamos, que en una situación normal serían erróneas, y preguntarles si creen que hicimos lo correcto y qué otras opciones hubiéramos podido tener. Puede que cometiera errores».

María Martínez López


Plataforma de diálogo

Desde el conocimiento que da a la Orden de San Juan de Dios su presencia en el mundo sanitario en los cinco continentes, «queremos ser fieles al carisma de la Hospitalidad, iluminando situaciones fronterizas y de difícil abordaje en la toma de decisiones», explicó el hermano José María Bermejo, organizador del I Congreso Mundial de Bioética de la Orden Hospitalaria, que se celebra en El Escorial desde el día 11. Este jueves lo clausura monseñor Vincenzo Paglia, presidente de la Pontificia Academia para la Vida.

Durante la inauguración, el arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, subrayó que el encuentro «quiere ofrecer una plataforma de diálogo y de debate» para «reflexionar juntos sobre algo que es muy importante: ningún ser humano sobra, todos somos necesarios». «[Dios] nos permite estar en este mundo porque somos necesarios: con capacidades diferentes, pero todas necesarias».

Jesús Etayo, superior general de los hospitalarios, subrayó en su intervención que la ética está adquiriendo cada vez más protagonismo en nuestro mundo, ya que «en todas las áreas de la sociedad», desde la economía y la política hasta la investigación y la docencia, pasando por la ecología, «se ve la necesidad de darle espacio».

«Los cristianos –incidió el hermano Bermejo– hemos de conocer los principales problemas bioéticos y saber decir lo que pensamos».